México suele llegar tarde a las revoluciones tecnológicas… y aun así, cada cierto tiempo, la historia le vuelve a tocar la puerta. La inteligencia artificial (IA) es una de esas visitas: no viene sola, llega acompañada de centros de datos, talento especializado, cadenas de suministro, marcos regulatorios y, sobre todo, una nueva forma de competir. La pregunta ya no es si México “usará” IA (eso ocurrirá por inercia, como ocurre con cualquier tecnología útil), sino qué papel tendrá en su mercado: ¿seremos consumidores sofisticados, maquiladores digitales o actores con capacidad real de diseño, propiedad intelectual y exportación de soluciones?
De entrada, el país sí está recibiendo señales del nuevo ciclo. La infraestructura que hace posible la IA (cómputo, nube, almacenamiento, conectividad) está aterrizando. AWS (Amazon Web Services) anunció la apertura de su región “Mexico (Central)” y la ubicó en Querétaro, con varias zonas de disponibilidad; no es un gesto menor: implica cercanía física de los datos y menor latencia para servicios críticos. Google Cloud también anunció su base en Querétaro como parte de su expansión global, con el mensaje explícito de acelerar la transformación digital con residencia local de datos. Y Microsoft comunicó el lanzamiento de su primer centro de datos “hyperscale” en México.
En paralelo, inversiones privadas empujan el mismo tablero: Reuters reportó el plan de CloudHQ para construir centros de datos en México, y también la apuesta de Salesforce por invertir en México para impulsar adopción de IA y ampliar capacidades locales.
Todo esto suena prometedor, pero conviene ponerlo en su tamaño real: infraestructura no es lo mismo que soberanía tecnológica. Tener nube “cerca” ayuda, sí; pero si el país no produce talento a escala, no financia investigación aplicada y no crea condiciones para que empresas mexicanas capturen valor (patentes, productos, exportación de servicios intensivos en conocimiento), la IA se convierte en otra ola que pas y que solo deja renta para quien tiene barco, no para quien mira desde la orilla.
Aquí está el talón de Aquiles, dicho sin rodeos: México invierte poco en investigación y desarrollo (I+D) en comparación internacional. En el OECD Economic Survey: Mexico 2024 se consigna un gasto en I+D de 0.3% del PIB (2020), frente a un promedio OCDE mucho mayor. Con ese nivel de inversión, competir en tecnologías de frontera es como pretender ganar una carrera entrenando “cuando se pueda”. Se puede tener talento individual brillante, que lo hay, pero es difícil sostener un ecosistema de innovación sin un piso mínimo de inversión, incentivos y demanda sofisticada desde el propio Estado.
Y luego está la otra pieza: reglas claras. México se encamina a discutir su marco para IA y el propio Senado ha sistematizado conversatorios y lineamientos hacia un marco normativo en documentos de trabajo recientes. Esto importa por dos razones: primero, porque la IA toca derechos (privacidad, sesgos, decisiones automatizadas); y segundo, porque sin certidumbre regulatoria la inversión se vuelve más cauta, especialmente en sectores sensibles como salud, educación, finanzas y gobierno digital. Regular bien no significa frenar: significa establecer responsabilidades, auditoría, trazabilidad y estándares mínimos para que el mercado crezca sin convertir el país en un laboratorio de riesgos.
Entonces, ¿qué papel tendrá México? Si seguimos la ruta pasiva, el guion es conocido: adopción tardía en PyMEs, dependencia de proveedores externos, talento exportado (o subcontratado) y una economía que usa IA para “optimizar” pero no para crear. Es decir: eficiencia sin captura de valor. La ruta deseable es otra: convertir al país en un hub pragmático de IA aplicada para industrias donde México ya tiene músculo (manufactura avanzada, logística, energía, agroindustria, turismo, servicios financieros, salud pública), y aprovechar el fenómeno de relocalización productiva para subir de nivel: de ensamblar productos a diseñar procesos, software industrial y modelos de datos. El nearshoring, por sí solo, no garantiza ese salto; pero combinado con IA puede transformar una ventaja geográfica en una ventaja tecnológica.
Para lograrlo, hace falta abandonar la falsa dicotomía entre “Estado” y “mercado”. En IA, los países que se mueven con seriedad construyen una alianza explícita: gobierno poniendo condiciones (infraestructura, energía, conectividad, regulación, compras públicas inteligentes, formación), e iniciativa privada poniendo inversión, ejecución, escalamiento y orientación a mercado. México necesita un plan de desarrollo conjunto y medible, que no se quede en declaraciones. Un plan que, como mínimo, incluya: formación acelerada de talento (STEM, ciencia de datos, ciberseguridad, IA aplicada) con participación de universidades y empresas; incentivos a I+D aplicada y transferencia tecnológica para que el conocimiento llegue a productos; infraestructura crítica con reglas de sostenibilidad (energía y agua) para centros de datos; un marco regulatorio que proteja derechos sin matar la innovación; y finalmente compras públicas que funcionen como “primer cliente” de soluciones nacionales, especialmente en salud, educación y seguridad administrativa.
En resumen, México inevitablemente participará en el mercado de las IA. La cuestión es si lo hará como usuario o como jugador. Y aquí la decisión es política y empresarial a la vez. Si gobierno e iniciativa privada invierten juntos en un plan serio, con metas claras y continuidad, México puede ser competente en estos nuevos escenarios comerciales y tecnológicos: no por romanticismo de “soberanía”, sino por simple lógica económica. En la economía de la IA, quien no construye capacidades propias termina pagando dos veces: paga por la tecnología… y paga por la dependencia.
En otras latitudes digitales…
Ahora sí, se acerca ya la renegociación del T-MEC y llega en medio de cientos de presiones a nuestro gobierno, que ha cedido en todo lo que pide nuestro vecino del norte. Pero también llega en el marco de una guerra geopolítica y comercial entre China y EUA que, en el big picture, ha beneficiado a las exportaciones Méxicanas, como se reporto en esta semana. Esta guerra entre las potencias parece ser nuestra única ventaja real en la negociación… veamos que pasa.
Jesús De los Ríos Granja
Profesor de la Escuela de Gobierno y Economía
de la Universidad Panamericana