Por Ana María Flores, Consultora en Género e Inclusión Económica para América Latina y el Caribe en la International Finance Corporation, (IFC) y para la Red CCE por la Primera Infancia.
Hace menos de una década las empresas descubrieron que la continuidad de sus negocios no dependía solo de balances y planes estratégicos, tampoco de los pronósticos de las economías, sino de algo tan elemental como la salud, el cuidado y la confianza. La pandemia del COVID-19 fue ese espejo incómodo: mostró que la resiliencia empresarial se construye en la vida cotidiana de las personas.
La gestión social empresarial fue determinante para sostener las operaciones de negocios. El trabajo remoto se convirtió en salvavidas para miles de organizaciones. Las medidas de higiene, salud y seguridad fueron la primera línea de defensa para proteger a los trabajadores y sus familias. El apoyo psicológico dejó de ser un lujo y se volvió necesidad, porque el bienestar emocional era parte de la productividad. Y la atención a las necesidades de cuidados —niñas, niños, personas mayores o dependientes— se reveló como condición indispensable para minimizar interrupciones operativas.
Muchas empresas que adoptaron estas prácticas descubrieron que no solo reducían riesgos: también generaban un mejor equilibrio de bienestar para trabajadores y sus familias al tiempo de mejorar factores de productividad. Lo que empezó como respuesta a la emergencia se mantiene hoy como parte de la cultura organizacional en compañías que entendieron que cuidar a las personas es cuidar la continuidad.
La pandemia dejó claro que la responsabilidad social empresarial (RSE) no es un accesorio, sino un factor estructural de resiliencia: al interior de las organizaciones fortaleció la cohesión y el propósito, y hacia el exterior generó confianza y legitimidad frente a comunidades y gobiernos. En términos estratégicos convirtió la inversión social en un activo intangible que protege reputación y abre oportunidades de colaboración.
En el escenario de incertidumbre geopolítica y económica que describe el inicio de este año, la primera infancia emerge como el terreno más fértil para sembrar resiliencia. Invertir en salud, cuidados y entornos seguros no es filantropía periférica: garantiza capital humano futuro, refuerza la estabilidad comunitaria, reduce desigualdades, construye legitimidad empresarial y construye confianza sostenible.
En el marco de la convocatoria empresarial, la Red del Consejo Coordinador Empresarial por la Primera Infancia —que integra a más de 70 empresas y especialistas en bienestar— subraya que extender las prácticas amigables con la familia representa una oportunidad estratégica para fortalecer la responsabilidad social corporativa. Con esta visión, la Red ha colocado en el centro de su agenda temas prioritarios como la inclusión, los cuidados y la salud. Así, se abre un camino para que las empresas traduzcan su compromiso en beneficios concretos para la infancia y, al mismo tiempo, en entornos laborales más sostenibles y resilientes.
Reconocer la delicada conexión entre trabajo y familia es “colocar a las personas en el centro” (People Centric), una nueva tendencia en la gestión empresarial clave para construir resiliencia y abrir oportunidades de bienestar compartido.
Hoy, en un ambiente marcado por la incertidumbre, las empresas tienen la oportunidad de aprender de la pandemia y proyectar esas lecciones hacia el futuro. Invertir en la primera infancia y en prácticas amigables a la familia es invertir en la continuidad de las comunidades que sostienen a las empresas.