Celaya, Gto.- A pesar de la prohibición oficial para la quema de explosivos durante las festividades, en la comunidad de San Juan de la Vega el estruendo volvió a abrirse paso entre algunas de las calles polvorientas y las fachadas de adobe colindantes a las vías del tren.
Como cada año, el pueblo celebró la tradicional festividad de los martillos explosivos, un ritual que combina fe, historia y un pulso colectivo que late más fuerte que cualquier decreto.

Esta celebración, arraigada desde hace más de cuatro siglos en el municipio de Celaya, forma parte de las Festividades de Carnaval en honor a San Juanito de los Barrios, patrono del lugar.
Para los habitantes no se trata sólo de pólvora ni de espectáculo: es una herencia que ha pasado de generación en generación, una promesa que se cumple cada Miércoles de Ceniza.

¿Quién es ‘San Juanito’?

La figura de “San Juanito” vive entre la historia y la leyenda, aunque no es reconocido oficialmente por la Iglesia católica, los pobladores lo veneran como a un santo cercano y protector.
Cuentan que fue un rebelde del siglo XVII que desafiaba a los arrieros hacendados españoles robándoles el oro para entregarlo a los más desamparados, una especie de Robin Hood mexicano que murió enfrentando a las tropas virreinales tras ser descubierto.
Otras versiones apuntan a que podría tratarse de San Juan Bautista, quien habría protegido al pueblo minero de los ladrones de aquella época.

Pero más allá de la versión histórica, lo único indiscutible es la fe profunda que San Juan de la Vega deposita en su patrono, esa fe es la que, año con año, convoca a todo el pueblo.
Un recorrido que dura casi un día entero

Los festejos arrancaron desde la mañana de este 17 de febrero. La imagen del santo recorre las capillas que los mismos pobladores le acondicionan en sus viviendas siendo este año en la calle Álvaro Obregón casa de la familia Centeno Ramírez acompañada por creyentes que ofrecen flores, veladoras y plegarias.
Trompetas, tambores y tamboras marcan el ritmo, mientras hombres y mujeres, niños y ancianos, se suman al trayecto.

Los habitantes se dividen simbólicamente en dos bandos: arrieros y ladrones. Ataviados con sombreros, paliacates y vestimentas que evocan otra época, representan batallas que rememoran la historia del patrono.
Entre música de aliento y redobles, las calles se convierten en un escenario donde tradición y teatro popular se funden.
La peregrinación se extiende por alrededor de 20 horas hasta llegar al panteón municipal, última parada del recorrido.
Allí se realiza un ritual en honor al santo y se escenifica el enfrentamiento final entre arrieros y ladrones, que culmina con la simulación del ahorcamiento de los rebeldes capturados. Es un momento solemne y simbólico, donde la comunidad reafirma su identidad.
El estruendo que marca el pulso

Los martillos explosivos marcan la pauta. El sonido seco y potente de los petardos golpeados contra rieles de las vías férreas, inunda el ambiente,el eco rebota entre las casas y parece sacudir el aire mismo.
Los llamados martillos explosivos son elaborados por los propios pobladores. Con una mezcla que incluye clorato de potasio y azufre, envuelta en papel y adherida a marros caseros con cinta, crean cilindros que pueden medir entre 4 y 15 centímetros.
Entre mayor es el tamaño, más fuerte es el estruendo.

Originalmente, la detonación evocaba el retumbar de las balas cuando los arrieros recuperaron su oro.
Eran pequeños carrizos con pólvora casera que resonaban al ser golpeados. Con el paso del tiempo, la competencia por lograr el mayor estruendo transformó la tradición en una demostración de valor. Hoy, algunos habitantes revientan petardos cada vez más grandes contra rieles metálicos, en un acto que mezcla adrenalina y orgullo.
San Juan de la Vega: entre la tradición y el riesgo

No todo es celebración, cada año se registran personas lesionadas durante el festival, razón por la cual autoridades municipales, estatales y elementos de Protección Civil hacen recorridos constantes para atender alguna emergencia y tratar de reducir riesgos.
La reciente prohibición de la quema de explosivos buscaba precisamente prevenir accidentes. Sin embargo, en San Juan de la Vega la tradición pesa más que el miedo. Para muchos, suspender el estruendo sería silenciar la memoria de sus antepasados.
Al caer la tarde, cuando el humo se disipa y el eco de los martillazos se apaga poco a poco, el pueblo queda cubierto por una mezcla de cansancio y orgullo.
Más allá del debate sobre la pólvora, lo que permanece es la convicción de una comunidad que encuentra en su fiesta una forma de reafirmar quién es.
En San Juan de la Vega, el ruido no sólo se escucha: se siente en el pecho. Es la voz de un pueblo que, entre fe y riesgo, se resiste a dejar morir su historia.
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