Guanajuato,Gto.- Sor Antonia, miembro de la orden de las Claristas Capuchinas (rama de San Francisco y Santa Clara de Asís), recorre los pasillos del Congreso del Estado de Guanajuato con una caja de huevo y una cajita de plástico. Acompañada por un joven, vende churritos hechos de recorte de oblea, campechanas y galletitas artesanales de almendra, vainilla con canela, naranja, café capuchino y chocolate.
El objetivo de su caminata diaria es claro: apoyar al monasterio de claustro ubicado en Silao, donde habitan 27 hermanas contemplativas que dependen enteramente de lo que producen con sus manos.
“Nosotros vivimos de nuestro trabajo. Entonces, pues para poder pagar agua, luz, todo eso, hay que salir a vender el producto (…) Este producto poco a poco se fue dando a conocer debido a que las hermanas vieron la posibilidad de alguna forma sobrevivir. Intentaron varias cosas, pero lo que se quedó al final fue esto”.

Orden de Claristas Capuchinas subsisten como un faro de luz en Silao, Guanajuato
El origen de este monasterio en el estado está profundamente ligado al servicio social. Según relata la religiosa, la fundación en el municipio de Silao (ubicada en la zona centro, en la calle Pino Suárez número 49) nació a petición de la misma comunidad de la época y del obispo.
“Nuestra fundación fue pedida por el pueblo de Silao. Ellos pidieron que hubiera hermanas de claustro ahí porque había muchas personas que vivían en pecado, sobre todo lo que era la prostitución”, recordó.

Hoy en día, ante las problemáticas actuales como la delincuencia y las adicciones, las hermanas han adaptado su vida de clausura para responder al llamado de la Iglesia de ser un faro de paz y un espacio de reconstrucción personal.
“El Papa Francisco pidió que fuéramos esas zonas de tranquilidad, de escucha, de acogida para todas estas personas con estas necesidades. Nosotros les brindamos primeramente una escucha. Después de la escucha, se les habla un poquito del perdón y de la misericordia de Dios para con ellos”, detalló la hermana.
Además de la guía espiritual y los retiros de orientación para jóvenes, el monasterio trabaja de la mano con psicólogas y comparte víveres con centros de rehabilitación. Para ellas, este vuelco hacia la comunidad representa “una oportunidad de abrirnos nosotros de claustro, que estamos impuestas nada más a orar, a estar ahí… abrirnos un poco más para acoger a todas las personas”.

La elaboración de la repostería, los trabajos de costura y el recorte de hostias se entrelazan con una estricta y devota rutina espiritual que divide las horas del día entre el trabajo manual y la oración, Laudes, Oficio, Misa, Sexta, Nona, Vísperas y Completas. Su jornada comienza de madrugada y mantiene un flujo constante de intercesión por la sociedad.
“A las 5:00 ya estamos de pie… Todo el día nos estamos turnando para estar enfrente del Santísimo, pues precisamente orando por el pueblo”, concluyó la Hermana Antonia, antes de continuar con la venta que sostiene la vida de su comunidad.
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