El reporte anual del Departamento de Estado sobre derechos humanos en el mundo le dolió al presidente Andrés Manuel López Obrador. No podía ser de otra manera: le dice que es mentira lo que presume sobre las libertades en México, lo pinta como un gobernante autoritario, lo deja como incompetente en la administración de justicia, y como un agresor de los valores fundamentales de la democracia, atacando a contrapesos como la Suprema Corte, y a los medios, guardianes incómodos con el que tienen que lidiar los poderosos.

El documento se publica cada año desde 1977 por mandato del Congreso, al que se entrega un informe sobre el estado de los derechos humanos en 200 países y territorios en el mundo. México está en las dos categorías y desde que se hace público el reporte, el gobierno ha expresado su inconformidad con el diagnóstico. La relación de violaciones a los derechos humanos se incrementó notablemente desde el gobierno de Enrique Peña Nieto, pero las observaciones se elevaron aún más en el de López Obrador.

La sección mexicana, que se elaboró en la Oficina sobre México que depende de la Subsecretaría de Asuntos del Hemisferio Occidental (como llaman a América Latina y el Caribe) con la información enviada por la Embajada en este país, contiene siete secciones donde una sola, relacionada con los derechos de los trabajadores, tiene una nota positiva al mencionar el incremento en los salarios como consecuencia de las presiones del gobierno de Joe Biden. Las otras seis secciones, son devastadoras.

Incluye reportes de asesinatos ilegales o arbitrarios, ejecuciones extrajudiciales de las fuerzas de seguridad federales, que también se han involucrado en castigos o maltratos crueles, inhumanos o torturas, desapariciones forzadas, detenciones arbitrarias, injerencias en la independencia del Poder Judicial, restricciones a la libertad de expresión que incluye amenazas contra periodistas y amagos legales para limitar la libertad de prensa, al igual que violencia de género.

No es lo único. Registra “los altos niveles de violencia” de las organizaciones criminales, donde la mayoría de esos delitos ni son investigados, ni son judicializados.

La respuesta de López Obrador ayer estuvo llena de sofismas, pero no desmintió nada de lo señalado. Los errores de ignorancia en su respuesta también fueron notorios. Al reporte le llamó “resolución”, que no es, y dijo que como él es respetuoso de Estados Unidos, así deberían de ser ellos, que “se quedaron con la manía de hace 200 años, desde la Doctrina Monroe”, refiriéndose al Destino Manifiesto que se creó hace dos siglos que bajo el axioma de “América para los americanos” cerraba la intromisión de los europeos en los asuntos continentales.

No obstante, espetó:

*“Nosotros no les decimos, ¿y por qué tienes a un candidato hostigándolo en los juzgados?”.
*¿Y por qué no liberas a Assange, que lo tienen encarcelado injustamente?”.
*¿Y por qué no atiendes a los jóvenes de Estados Unidos que fallecen por la adicción a las drogas, al fentanilo?”.
*¿Y por qué reprimes, maltratas a los migrantes?”.

Lo que señaló es una intromisión directa en los asuntos internos de Estados Unidos, de la misma manera que desde 1977, al hacer público el reporte de derechos humanos, Estados Unidos se mete en los asuntos internos de otros países.

Pero en la respuesta-ataque, comete errores fundamentales:

*El candidato hostigado es Donald Trump, que está siendo juzgado tras ser acusado de 34 delitos por haber falsificado documentos de sus empresas para pagar a una estrella porno, a través del expropietario del tabloide escandaloso The National Enquirer, para que no revelara que había tenido relaciones sexuales con el expresidente mientras su esposa Melanie estaba embarazada, porque pudo haber afectado su campaña presidencial en 2016. A diferencia de lo que ha hecho el gobierno mexicano, el estadounidense no fabricó pruebas contra Trump.

En la Ciudad de México, pese a las recientes denuncias de corrupción que hizo el candidato de la oposición Santiago Taboada en el segundo debate este domingo, Brugada no está manchada como lo está Nahle. Pero sus problemas no son menores, y comenzaron desde que López Obrador la impuso por encima del candidato de Sheinbaum, Omar García Harfuch, que la había derrotado claramente en las encuestas. La forma atrabiliaria como la hizo candidata el presidente, provocó una fractura en las clientelas de Morena y con Sheinbaum.

López Obrador exigió a Delgado resolver el conflicto entre ellas, pero no ha podido. De hecho, los choques entre sus equipos de campaña cada vez son más evidentes y la molestia de Sheinbaum no se limita solo a que la hayan obligado a aceptar que bajaran a García Harfuch, sino porque considera que ella no garantiza el triunfo de Morena porque considera que no tiene la estatura para gobernar la ciudad. El problema no se circunscribe a su pleito. También hay liderazgos políticos y sindicales que están considerando no operar a favor de Brigada porque si se hacen explícitos los respaldos, no quieren verse comprometidos con Taboada, ante la posibilidad real de que gane.

En la Ciudad de México y en Veracruz, las tendencias electorales que le ha proporcionado al presidente su confiable equipo de encuestas personal muestran a sus candidatas a la baja, y a sus opositores Taboada y el priista José Yunes, al alza. Pero López Obrador no se quedó con los brazos cruzados cuando le dieron los resultados y ha estado trabajando y presionando a la militancia de Morena para evitar las derrotas en dos de las entidades con mayor peso electoral y que tienen el potencial de incidir en la elección presidencial si se perdieran.

Una derrota en la Ciudad de México no podría atribuírsele a Sheinbaum. Al contrario; demostraría que su impulso a Harfuch, bajo el supuesto de que él ganaría votos que no obtendría Brugada era el correcto. El perdedor, como en Veracruz, sería López Obrador, lo que debe preocupar a la oposición porque el enemigo que tienen enfrente es el presidente, dispuesto a hacer lo necesario, legal o no, por ganar.

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