El controversial examen de la UNAM mostró a la tecnología como amiga y enemiga a la vez
La rebelión de las máquinas se hizo presente. Los avances tecnológicos destinados a facilitarnos tareas nos han traicionado.
Si la pandemia del 2020 hubiera ocurrido dos décadas antes, las consecuencias en diversos ámbitos habrían sido catastróficas. Las herramientas digitales permitieron el teletrabajo y dar continuidad a la educación en todos los niveles.
En este último caso, la premura en la organización de una dinámica eficiente, la necesidad de adaptarse de un día para otro a las clases a distancia, generaron un rezago significativo del que ya vemos resultados.
Confiando en la tecnología, la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), decidió aplicar su primer examen de admisión en línea para el ciclo 2026 de licenciatura. La intención era modernizar procesos, reducir costos operativos, abonar a la inclusión.
La ‘máxima casa de estudios’ implementó un estricto sistema de vigilancia; muy a lo ‘1984’ de Orwell utilizó cámaras, micrófonos, un navegador seguro, IA para monitorear el entorno y conducta de los aspirantes.
También con IA, y otras artimañas, el sofisticado sistema fue burlado. Entre el 20 de mayo y el 7 de junio, periodo en que se aplicó la evaluación, se bloquearon en tiempo real mil 117 exámenes. Autoridades de la UNAM ignoraron esta bandera roja y ya todos conocemos el resultado.
¿Niños prodigio?
Alrededor de 160 mil estudiantes presentaron el examen a distancia de la UNAM, que constaba de 120 preguntas. En años anteriores, sólo 0.09% de los postulantes lograban 110 aciertos o más. Este 2026 el 5.5% alcanzaron dicho puntaje.
Las atípicas calificaciones levantaron sospechas de suplantación de identidad, apoyo de terceros y uso de herramientas digitales que dieron ventaja a los jóvenes.
Pero las dudas son lógicas también desde otra perspectiva. Gran parte de los aspirantes cursaban la secundaria cuando nos sorprendió el confinamiento por Covid-19. Esa generación sufrió severo retraso en áreas como la lectura, matemáticas y otras ciencias. La recuperación ha sido lenta. Los jóvenes no son culpables, las circunstancias los orillaron a dicho escenario. No es agradable decirlo, pero también debió levantar sospechas que de pronto tanto niño prodigio ingresara a la universidad pública de mayor demanda y prestigio.
La generación que concluyó la educación básica y media superior en años de pandemia enfatizó la desigualdad socioeconómica que enfrentan los estudiantes en México.
El intento de ofrecer igualdad de oportunidades por parte de la UNAM es loable, pero evidenció múltiples problemáticas, algunas resueltas a medias (el mencionado rezago), y otras que podrían empeorar (el creciente uso de Inteligencia Artificial entre los jóvenes).
Es abrumador pensar cómo la tecnología es a la vez aliada y enemigo, sobre todo cuando es casi imposible fijar un código ético que regule la utilización de la IA. Esta herramienta parece desarrollarse a gran velocidad y por sí misma; parece seguir un proceso ‘orgánico’ en manos de quienes todos los días le encuentran otro uso, no siempre con las mejores intenciones.
Tal como señalé en un inicio, las videollamadas grupales, apps de mensajería instantánea y otras alternativas hicieron posible que durante la pandemia se conservaran trabajos, se salvaran ciclos escolares e incluso vidas al evitar la interacción entre personas.
Sin embargo, la denominada ‘nueva normalidad’ introdujo nuevos hábitos, perjudiciales sobre todo en el ámbito estudiantil, y acrecentó nuestra dependencia a la tecnología.
Una nueva era
Los nacidos en los 80s tuvimos que comprar el periódico para saber si habíamos sido aceptados en la preparatoria. Acudimos al campus de la licenciatura a la que nos postulamos para buscar nuestro nombre en una mampara.
En la universidad corríamos a la biblioteca por uno de los pocos ejemplares (o el único) del libro que debíamos leer. También fotocopiamos miles de páginas: ensayos, poemarios, lecciones de gramática, artículos.
Hacíamos tarea, investigábamos, tomábamos notas y estudiábamos para exámenes en las bibliotecas públicas. Quienes no tenían una computadora en casa usaban los disponibles en la escuela. Había largas filas para usar el par de impresoras con que contábamos. Todas estas peripecias afectaban sobre todo a estudiantes foráneos.
Consultar información en la web no era nuestra primera opción, mucho menos copiar parcial o completamente un texto de la red. No debíamos ni queríamos hacerlo. Nos tocó la etapa de la desconfianza, el temor y el asombro ante el Internet. Vivimos la transición, el final de la era “la letra con sangre entra”, el inicio de la novedosa e increíble era digital.
Las nuevas generaciones nacieron conectadas a la red, aprenden y aprehenden el mundo a través de dispositivos y pantallas. Naturalmente, sus hábitos de estudio e investigación son acordes a las tecnologías que siempre han formado parte de su vida.
El problema: el fácil acceso a toda información imaginable les creó una zona de confort donde la comprensión lectora, el pensamiento crítico, hasta la creatividad y la curiosidad, no tienen cabida.
Con la llegada de la IA cualquiera puede “escribir” un ensayo, resumen, cuento, tesis, libros completos, redactando el prompt adecuado. Estamos frente a otra transición, una muy distinta: el final de la era donde la tecnología es un auxiliar, el inicio de la era donde nos sustituye y nos adormece el raciocinio.
En recientes días la presidenta Claudia Sheinbaum se dijo preocupada porque los jóvenes utilizan como psicólogo a ChatGPT y Gemini. Pero no es un hábito exclusivo de la juventud, personas de todas edades consultan a la IA como oráculo, confidente, en espera de validación y sentirse escuchados. La rebelión de las máquinas resultó gentil, aunque abrupta, el gran plot twist en la historia de nuestra especie.
Que no nos extrañe lo que ocurrió en la UNAM. Las nuevas generaciones pueden engañar a cualquiera con la IA, y en el proceso se engañan a sí mismos.
LO SUPERFLUO: La UNAM resolvió su escándalo con un examen de control presencial.
LO PROFUNDO: Ni la UNAM ni ninguna otra institución podrá resolver el aumento del uso de IA.