Irapuato, Guanajuato.- Roberto Rivero y Góngora llegó a Irapuato después de haber recorrido muchos escenarios, pero fue aquí donde terminó echando raíces.
El teatro lo acompañó durante décadas, primero como actor y después como director y maestro, hasta convertirse en una parte inseparable de su vida.
Este miércoles murió a los 102 años, y dejó detrás una historia que durante más de 30 años también fue parte de la vida cultural de Irapuato.
Riverito como era conocido, comenzó su carrera profesional en la Ciudad de México; su llegada al teatro, sin embargo, no fue algo que hubiera planeado desde el principio.

Fue una película la que le hizo mirar hacia los escenarios; después apareció la oportunidad de participar en Don Juan Tenorio, donde interpretó al Capitán Centellas, y aquella experiencia terminó por marcar el rumbo que seguiría durante el resto de su vida.
Con más de 75 años de trayectoria teatral, Rivero y Góngora llegó a trabajar en distintos espacios y compañías antes de que Irapuato se convirtiera en su casa. Aquí, junto con su esposa, la actriz irapuatense Guadalupe Barquín, encontró una nueva etapa de su carrera.
Ya establecido en Irapuato creó la compañía teatral Xochipilli y durante alrededor de tres décadas llevó al público cerca de 30 puestas en escena. También encabezó recitales poético-musicales, pastorelas y distintos espectáculos, pero buena parte de su trabajo ocurrió detrás de los actores y actrices que aprendieron de él.
El maestro fue también guía para jóvenes
El maestro fue también guía para jóvenes que encontraron en el teatro una vocación y su trabajo no se quedó en los escenarios; quienes pasaron por Xochipilli también encontraron en él a un maestro que las y los acompañó en su formación.
Por eso, cuando en febrero de 2024 recibió la presea Vasco de Quiroga, el reconocimiento no solamente hablaba de sus años como actor, sino que también reconocía la huella que había dejado en Irapuato.
La ceremonia ocurrió en el Teatro de la Ciudad, un lugar que conocía bien y que había visto muchas de las presentaciones de Xochipilli desde los años en que todavía era el Auditorio Benito Juárez.
Aquel día, Roberto Rivero y Góngora habló de Irapuato como una ciudad que lo recibió y que terminó por hacerlo sentir parte de ella.
“Irapuato me dio la oportunidad de vivir mi vida y compartirla con ustedes”, dijo entonces.
También contó que nunca había sentido que el tiempo pasara mientras continuaba trabajando con la misma energía y emoción.
Cuando recibió el Vasco de Quiroga, explicó que no había trabajado pensando en conseguir premios.
“Estar satisfecho con lo que hacemos, con lo que te gusta ser y ser tú haciendo lo que te gusta hacer, eso creo es la mejor enseñanza”, dijo durante aquella ceremonia.
Quedó en quienes aprendieron a actuar con él, en las obras que dirigió y en una compañía que durante años llevó el nombre de la ciudad a encuentros y festivales.
El hombre que llegó desde fuera terminó haciendo de esta ciudad su escenario, su escuela y su casa.
En 2024, al recibir el reconocimiento que llevaba tantos años esperando la ciudad para entregarle, dijo que quería descansar en Irapuato para toda la eternidad.
