El fenómeno natural provocó expectación y admiración entre habitantes y visitantes, quienes observaron cómo la superficie de la laguna se transformó en grandes olas, mientras los árboles se agitaban con fuerza y el zumbido del viento dominaba el ambiente, en una escena más propia del mar que de una laguna.

Sin embargo, en las comunidades de La Angostura, en Yuriria, y Cahuageo, en Valle de Santiago, los fuertes vientos dejaron daños materiales y pérdidas económicas, principalmente entre pescadores y comerciantes de ocasión que se encontraban instalados en la zona turística.
Las rachas de viento revolcaron y hundieron algunas lanchas de pescadores que permanecían encalladas a la orilla de la laguna. También desprendieron lonas que servían como techo en los espacios donde los pescadores realizan el fileteo de pescado.
Para los comerciantes que acudieron como cada jornada a ofrecer sus productos, el viento representó una situación completamente inesperada. Sombreros, ropa, juguetes, peluches y otra mercancía fueron mojados por la lluvia; algunos artículos incluso salieron volando ante la fuerza de las rachas.
La situación resultó particularmente sorpresiva porque se trataba de un día en el que numerosas familias acostumbran acudir a la zona para consumir en los pequeños restaurantes, disfrutar del paisaje y realizar paseos en lancha.

Quienes en ese momento se encontraban sobre el agua vivieron momentos de tensión. Las enormes olas provocadas por el viento movían las lanchas de un lado a otro, mientras los pasajeros se sujetaban con fuerza y se advertían entre ellos: “¡Agárrese bien!”
Para algunos turistas, la experiencia fue algo que nunca habían vivido y que únicamente habían visto en películas: encontrarse en una lancha sobre una laguna convertida momentáneamente en un cuerpo de agua con grandes olas.
Afortunadamente, los paseantes lograron llegar a la orilla y ponerse a salvo, por lo que no se reportaron desgracias personales ni accidentes derivados del fenómeno.
Aunque la intensidad del viento duró aproximadamente media hora, fueron minutos suficientes para generar preocupación y asombro entre quienes se encontraban en la zona, e incluso para hacer que algunos se preguntaran cómo era posible observar semejantes olas en una laguna y no en el mar o en una playa.

Una vez que las rachas disminuyeron, la laguna recuperó paulatinamente la calma y solamente quedó una ligera llovizna.
Los pescadores regresaron entonces a la orilla para revisar y recuperar sus embarcaciones, sacarles el agua y dejarlas nuevamente en condiciones para salir a trabajar. Los comerciantes, por su parte, comenzaron a recoger su mercancía y a pasarle trapos para intentar secarla y rescatar lo que fuera posible.
El susto también dio paso a las risas entre los turistas, quizá como una manera de liberar los nervios después de una experiencia que ninguno esperaba vivir durante una visita habitual a la Laguna de Yuriria.
Así, en poco más de media hora, la naturaleza mostró una de sus facetas más sorprendentes: convirtió la tranquilidad de la laguna en un escenario de viento, lluvia y grandes olas, dejando entre los habitantes y visitantes una experiencia que, además del espectáculo, recordó la fuerza impredecible de los fenómenos meteorológicos.
A la fuerza del viento y la lluvia se sumaron los estruendos de los truenos, que parecían hacer cimbrar no solo el cielo, sino también la tierra. El sonido retumbaba sobre la laguna y entre las comunidades ribereñas, provocando que a más de uno se le pusiera la piel chinita ante la intensidad de la tormenta.
La escena generó temor entre algunas de las personas que presenciaron el fenómeno. Mientras unos permanecían sorprendidos por las enormes olas y el movimiento de los árboles, otros buscaban rápidamente ponerse a resguardo, sin dejar de mirar con asombro lo que estaba ocurriendo. Por varios minutos, la fuerza de la naturaleza hizo sentir su presencia de manera inusual en una zona donde las familias están acostumbradas a la tranquilidad de la laguna.
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