La oficina de Marco Rubio en el Departamento de Estado de Estados Unidos es uno de los espacios más elegantes de Washington. Revestida con finos paneles de madera y decorada con muebles antiguos, pinturas históricas al óleo y alfombras tejidas a mano, la suite ocupa el séptimo piso de la sede de la dependencia, un complejo de 241 mil 500 metros cuadrados con vistas al Monumento a Lincoln y al río Potomac. Es el lugar donde Henry Kissinger se enfrentó a diplomáticos soviéticos durante la Guerra Fría y donde Colin Powell instó a aliados reticentes a respaldar la invasión estadounidense de Irak.
Sin embargo, no es ahí donde resulta más probable encontrar a Rubio una tarde de trabajo. El secretario de Estado suele pasar varias horas por la mañana al frente, en persona, de la extensa burocracia de la dependencia, pero poco después un automóvil lo traslada durante nueve minutos hasta una oficina más pequeña y austera en la Casa Blanca, donde reside el verdadero poder.
Rubio es la primera persona que se desempeña al mismo tiempo como principal diplomático del país y asesor de Seguridad Nacional del presidente desde que Kissinger ocupó ambos cargos durante la presidencia de Richard Nixon, hace medio siglo. El puesto de asesor incluye una prerrogativa codiciada: un escritorio en una oficina esquinera del Ala Oeste. Desde allí, Rubio puede llegar enseguida al Despacho Oval si el presidente Donald Trump lo llama. En una semana habitual, pasa más horas en el edificio que cualquier otro integrante del gabinete, según empleados de la Casa Blanca (estas personas, al igual que varias de las entrevistadas para este artículo, solicitaron el anonimato para hablar con libertad).
Entre los funcionarios de la Administración se da por sentado que estar en la misma sala que Trump es indispensable para cualquiera que aspire a influir en él. Cualquier día, el impulsivo jefe de Rubio puede denunciar de pronto a un aliado de Estados Unidos o acercarse a un adversario, romper un tratado o amenazar con iniciar una guerra. No es raro que altos funcionarios del Gobierno descubran después de los hechos que Trump creó o canceló proyectos importantes en las dependencias que dirigen. “Lo peor que puede ocurrirte cuando trabajas para Donald Trump es que algo te tome por sorpresa”, afirma un exasesor del presidente.

Rubio parece decidido a evitar que eso le suceda. Desde su puesto de observación en la Casa Blanca puede sondear el ánimo de Trump con la jefa de gabinete Susie Wiles, su aliada desde los tiempos en que ambos participaban en la política de Florida, o visitar al vicepresidente JD Vance, su amigo cercano, excolega en el Senado y posible rival en 2028, cuya oficina está junto a la suya. Rubio también colocó a dos de sus principales colaboradores en sitios estratégicos del Ala Oeste, lo que le proporciona ojos y oídos adicionales en el lugar. Una de las pantallas de su oficina permanece sintonizada con la hiperactiva cuenta de Trump en Truth Social, un indicador en tiempo real del estado de ánimo del presidente que el secretario y su equipo revisan en busca de señales de problemas al final del pasillo.
Rubio forma parte del reducido grupo de funcionarios que pueden entrar a ver a Trump sin cita previa. Ha aprovechado ese acceso para cultivar una relación de trabajo cordial con el hombre al que descalificó como un “estafador” y “la persona más vulgar que jamás haya aspirado a la presidencia”, cuando ambos compitieron por la candidatura presidencial republicana hace una década.
Recuperó el favor de Trump celebrando cada uno de sus movimientos. En las reuniones del gabinete, Rubio se sienta a la derecha de Trump y prodiga elogios al presidente. “No conozco a ningún presidente estadounidense de la era moderna que hubiera podido hacer esto posible”, dijo sobre el alto al fuego alcanzado en octubre pasado entre Israel y Hamás. “Gracias por lo que ha hecho por el mundo”. También dedica tiempo a estrechar vínculos con Trump en el Despacho Oval hablando de futbol americano y boxeo.
Esta lealtad ha rendido frutos. Trump, quien alguna vez menospreció a Rubio al llamarlo “Pequeño Marco” y “un peso pluma total al que no contrataría para dirigir ni siquiera una de mis empresas más pequeñas”, ahora lo considera un colaborador confiable y bien informado, según empleados de la Casa Blanca. “Marco es el mejor”, dijo Trump cuando intervino por teléfono en una recepción de la embajada durante el viaje de Rubio a Nueva Delhi en mayo. “Pasará a la historia como el mejor secretario de Estado de Estados Unidos”.

Pocas personas en Washington esperaban que Rubio durara un año como subordinado de Trump. Tenía la costumbre propia de un senador de decir lo que pensaba y un historial público de oposición a muchas de las posturas cada vez más duras del presidente en materia de política exterior. Las apuestas apuntaban a que chocaría con Trump y renunciaría, o despertaría una mañana con una publicación en Truth Social que anunciara su destitución sin mayores miramientos, como ocurrió con Rex Tillerson, despedido mediante un tuit durante el primer mandato de Trump. En cambio, Rubio ha evitado confrontaciones de voluntad que podrían atraer una atención poco favorable o poner en riesgo su posición ante el presidente.
Mantenerse leal ha obligado a Rubio a dejar de lado algunas de sus convicciones políticas más arraigadas, entre ellas la importancia de una asistencia exterior generosa por parte de Estados Unidos y el apoyo a los inmigrantes que huyen de gobiernos opresivos. Ha adoptado sin reservas las políticas de Trump para desmantelar la ayuda exterior e intensificar las deportaciones. “Ha respaldado todo lo que ha propuesto el presidente, incluso cuando parecía sentirse incómodo”, señala Stephen Walt, profesor de asuntos internacionales en la Universidad de Harvard.
En el Senado, Rubio fue uno de los principales críticos de China, país al que calificó como un Estado “totalitario y brutal” que había “mentido y hecho trampa” para alcanzar su posición mundial. También fue un defensor inquebrantable de la alianza militar de Estados Unidos con Europa frente a la Rusia de Vladimir Putin, a quien denunció como criminal de guerra. La OTAN es “una de las fortalezas estratégicas que tenemos en el mundo”, dijo Rubio a NBC News en 2024, “porque China no cuenta con estas alianzas, por ejemplo, y tampoco las tienen los rusos ni, en ese sentido, los iraníes”.
Sin embargo, como secretario de Estado, ha defendido los acercamientos de Trump con el presidente chino, Xi Jinping, y se ha hecho eco de las quejas del mandatario sobre otros países de la OTAN. Se ha mantenido a su lado mientras el presidente elogió al dictador norcoreano Kim Jong Un e intensificó sus enfrentamientos personales con aliados históricos. Mientras el senador Rubio advertía sobre las consecuencias de un repliegue estadounidense en el mundo, el secretario Rubio ha visto cómo la percepción favorable hacia Estados Unidos cae a mínimos históricos. Los líderes extranjeros que alguna vez lo consideraron un firme defensor del orden occidental de la posguerra ahora se preguntan cómo puede poner su experiencia, conocimientos y credibilidad al servicio de los esfuerzos de Trump por desestabilizarlo.
“Quiero decir, ahora desempeño una función distinta. Es un trabajo diferente. Tiene responsabilidades diferentes”, afirma Rubio, quien habló con Bloomberg Businessweek el 11 de septiembre, un día después de concluir una gira por Colombia, Ecuador y Perú, países gobernados por presidentes afines al movimiento MAGA. Cuando era senador, explica, representaba a los ciudadanos de Florida que lo habían elegido. Ahora responde ante otra persona. “Soy el secretario de Estado del presidente de Estados Unidos y mi trabajo consiste en asesorarlo, pero, en última instancia, en ejecutar sus políticas”.
Rubio ha desempeñado un papel central en la ejecución de algunas de las acciones más agresivas de Trump en el extranjero. Fue una figura clave en la planeación del ataque militar de enero que apartó del poder a Nicolás Maduro en Venezuela y estuvo sentado junto a Trump en Mar-a-Lago mientras seguían la operación en tiempo real. Ahora participa de lleno en la campaña de presión de la Administración para derrocar al régimen comunista de Cuba, una aspiración de toda la vida para el hijo de inmigrantes cubanos que huyeron de la isla en la década de 1950. Ha mantenido un perfil más bajo frente a la guerra contra Irán y ha dejado que Vance y Trump defiendan el conflicto y asuman buena parte de su costo político de la defensa de un conflicto al que la opinión pública se opone y que incluso muchos votantes incondicionales del movimiento MAGA rechazan. Sin embargo, tras bambalinas, Rubio sigue el conflicto de cerca, encabeza reuniones diarias y atiende llamadas de aliados de Estados Unidos que presionan a Trump para que encuentre una salida.
Los conflictos de Estados Unidos con sus aliados y adversarios quedaron a la vista durante la última semana de septiembre, cuando los jefes de Estado se reunieron en Nueva York para el encuentro anual de alto nivel de la Asamblea General de las Naciones Unidas y Xi visitó la Casa Blanca. “Las consecuencias de la política exterior de Trump, en cuya implementación Rubio ha sido fundamental, perdurarán mucho más allá de su presidencia”, afirma Jennifer Welch, economista principal de geoeconomía de Bloomberg Economics. Trump “ha distanciado repetidamente a aliados cercanos, y su guerra contra Irán desató una crisis energética mundial, modificó para mal la dinámica de seguridad en Medio Oriente y agotó reservas militares clave de Estados Unidos, lo que ha dejado al país y a sus socios menos preparados para futuros conflictos”.
Sin embargo, el desempeño de Rubio ha recibido elogios de republicanos y colegas de la Casa Blanca, quienes admiran su eficacia discreta. Trump “sabe lo que tiene en Marco”, afirma el senador James Risch, de Idaho, quien compartió con Rubio un escaño en el Comité de Relaciones Exteriores del Senado durante 14 años. “Puede hacer muchísimas cosas al mismo tiempo”.
Ya sea deliberadamente o no, la forma en que Rubio desempeña el cargo ha llamado la atención de destacados donantes republicanos que evalúan a los posibles candidatos presidenciales para 2028. Algunos, agotados por una presidencia de Trump centrada en sí misma, ven en Rubio a un conservador estable capaz de conservar a la base MAGA y, al mismo tiempo, atraer a los votantes indecisos. Ken Griffin, director ejecutivo de Citadel, quien destinó más de 100 millones de dólares a la elección de 2024, causó revuelo este verano al señalar que respaldaría a Rubio por encima de Vance.
El propio Rubio ha restado importancia a las especulaciones de que está utilizando su prominente cargo, en parte, como plataforma para llegar a la Casa Blanca. “No voy a hablar de todo el asunto presidencial”, dice. “Tengo dos trabajos importantes. Ocupan todo mi tiempo, los siete días de la semana”. Nadie, añade, “ha ocupado estos dos cargos durante tanto tiempo. Supongo que Kissinger lo hizo durante un periodo, pero sin duda no en un mundo como este, que avanza tan rápido. No tengo mucho tiempo libre para hablar de otros asuntos”.
Sin embargo, mientras la guerra contra Irán se prolonga, la inflación persiste y los índices de aprobación de Trump disminuyen, algunas personas del círculo de Rubio han explorado discretamente si debería abandonar la Administración y, de ser así, cuándo. En varias ocasiones durante este año, estas personas han pedido consejo a estrategas políticos sobre el posible momento para una salida, según alguien familiarizado con esas conversaciones. Al menos uno de los estrategas ha recomendado que Rubio se retire más pronto que tarde, dice la fuente, dado el historial de Trump de terminar enemistado con quienes lo rodean.
Rubio niega que esas conversaciones hayan ocurrido. “Quienquiera que les esté diciendo eso simplemente está mintiendo”, afirma. “Se lo está inventando para tratar de parecer relevante”.
Si decide postularse a la presidencia, contará con el respaldo entusiasta de personas en la Casa Blanca, donde es uno de los favoritos del personal. Con frecuencia recorre el edificio haciendo bromas y conversando con asesores jóvenes. “Aunque nadie dice en voz alta lo que todos piensan, a puerta cerrada muchas personas comienzan a cerrar filas en torno a él como el favorito para 2028”, señala un aliado de Trump. “No es una postura contra JD. Es solo que Rubio es la mejor persona para tomar el relevo”.
Marco antes de su carrera política
Rubio no imaginaba que su carrera tomaría este rumbo. De niño, en la comunidad de exiliados cubanos de Miami durante las décadas de 1970 y 1980, creció inmerso en la política del viejo y del nuevo mundo. Su padre, cantinero, y su madre, camarera de hotel, habían emigrado legalmente a Estados Unidos tras salir de Cuba varios años antes de que las fuerzas de Fidel Castro tomaran el poder. Marco aprendió español antes que inglés y, de niño, se imaginaba al frente de un ejército que derrocaría al régimen comunista.
En sus memorias de 2012, An American Son, Rubio recordó que los adultos de su familia despreciaban al presidente Jimmy Carter por las humillaciones de la crisis de los rehenes en Irán de 1979. Apoyaron la campaña presidencial de Ronald Reagan en 1980 con la esperanza de que enfrentara a la Unión Soviética, protectora de Cuba, y restituyera la fortaleza de Estados Unidos. “Desde entonces soy republicano”, escribió Rubio.
Estudió la universidad y la carrera de Derecho en Florida con la intención de entrar en la política. En el ensayo con el que solicitó su ingreso a la facultad de Derecho escribió que algún día usaría su formación para ayudar a construir un nuevo sistema jurídico y político en una Cuba libre y poscomunista. En 2000 fue elegido para la Cámara de Representantes de Florida, donde su trato afable y su dominio de los detalles de política pública lo ayudaron a ascender con rapidez. A los 35 años se convirtió en el presidente más joven que había tenido esa cámara.
En 2010 puso la mira en un escaño en el Senado de Estados Unidos y se alineó con el Tea Party, una corriente insurgente de populistas de derecha radical y contrarios a las élites políticas que antecedió al movimiento MAGA. Rubio estaba 30 puntos porcentuales por detrás de su rival en las primarias, el gobernador republicano Charlie Crist, y se presentó como un conservador fiscal partidario de reducir impuestos y déficits, así como un combatiente en las disputas culturales opuesto al aborto, al matrimonio entre personas del mismo sexo y a la corrección política. Impulsado por el Tea Party, derrotó a Crist y ganó la elección general.
Una vez en el Senado, Rubio fue asignado al Comité de Relaciones Exteriores y al Comité Especial de Inteligencia. Consideraba que los asuntos internacionales eran el ámbito donde podía marcar una diferencia. “Si creciste en Miami, en realidad no tienes opción”, dice Alberto Martinez, quien fue jefe de gabinete de Rubio en el Senado. “La política exterior de EU ha marcado nuestras vidas”.
Después de que el presidente Barack Obama derrotó a Mitt Romney y obtuvo la reelección en 2012, el Partido Republicano identificó su debilidad entre los votantes hispanos y asiáticos como un problema creciente. Rubio aprovechó el momento para hacerse de un nombre. Se unió a un grupo de senadores que redactó un amplio proyecto de reforma migratoria cuyo eje era una vía para que muchos de los 11 millones de indocumentados que entonces vivían en Estados Unidos obtuvieran la ciudadanía. En un apasionado discurso ante el pleno del Senado, Rubio recordó las primeras palabras que su padre aprendió en inglés al llegar al país: “Estoy buscando trabajo”. La revista Time lo llevó a su portada de febrero de 2013 con el título “El salvador republicano”. Pero Rubio había interpretado muy mal la política de su partido. La reforma fue aprobada en el Senado; cuando llegó a la Cámara de Representantes, sus compañeros del Tea Party se rebelaron. Rubio perdió la batalla y abandonó el esfuerzo.
Entonces retomó su plan de competir por la presidencia en las elecciones de 2016. Entró en unas primarias con numerosos aspirantes y Trump lo derrotó contundentemente. Rubio se retiró tras una humillante derrota en su propio estado. Sin embargo, ganó con facilidad un segundo periodo en el Senado y regresó a Washington. Se dedicó a recomponer su relación con Trump, se convirtió en su asesor informal de política exterior y pasó a ser una de las voces más destacadas que le pedían aumentar la presión sobre Maduro. También instó a Trump a reafirmar el poder estadounidense en América Latina, donde China realizaba inversiones importantes que colocaban a Estados Unidos en desventaja.
La carrera política
Cuando Trump regresó a la política en 2024, Rubio estuvo cerca de convertirse en su compañero de fórmula. Pero Don Jr., hijo de Trump, y Tucker Carlson, provocador de derecha, estuvieron entre quienes presionaron para que eligiera a Vance, según personas familiarizadas con la decisión. Admiraban la historia de vida del senador por Ohio, marcada por las dificultades económicas, y pensaban que atraería a los votantes blancos de clase trabajadora en estados decisivos. Vance también mostraba mayor disposición a adoptar el enfoque de Trump de ganar a cualquier costo. Rubio “quería la vicepresidencia y estuvo cerca de conseguirla”, dice un exasesor de Trump al tanto de las conversaciones. “Pero no estaba dispuesto a pelear por ella, y necesitaba hacerlo”. La oferta de dirigir el Departamento de Estado fue un premio de consolación irresistible.
Rubio pronto descubrió que al presidente le interesaba poco un secretario de Estado que condujera personalmente las principales gestiones diplomáticas. Trump separó las misiones diplomáticas de mayor visibilidad y las entregó a otros, entre ellos su yerno Jared Kushner y Steve Witkoff, inversionista inmobiliario multimillonario. Ambos serían designados enviados especiales para encabezar las negociaciones entre Israel y Hamás y, más adelante, mediar en la guerra de Rusia contra Ucrania y negociar con los dirigentes iraníes. El secretario del Tesoro, Scott Bessent, y el representante comercial de Estados Unidos, Jamieson Greer, se hicieron cargo de la política hacia China.
Eso dejó a Rubio concentrado, en buena medida, en afirmar el poder de Estados Unidos en América Latina, incluidos los planes de Trump para presionar a Venezuela y Cuba. Ambas eran prioridades del propio Rubio y uno de los principales atractivos del cargo, aunque al principio no necesariamente estaban en el centro de la acción, mientras Trump imponía aranceles a escala mundial y exigía más recursos a los aliados de la OTAN.
Trump comenzó a encargarle a su secretario de Estado una larga lista de tareas adicionales. En febrero de 2025 lo puso al frente de la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID), que administraba decenas de miles de millones de dólares en asistencia exterior. Estados Unidos había sido durante mucho tiempo el mayor proveedor de ayuda humanitaria del mundo, un gasto que Rubio alguna vez elogió. “En todas las regiones del mundo, siempre debemos buscar maneras de utilizar la ayuda y la asistencia humanitaria de Estados Unidos para fortalecer nuestra influencia, la eficacia de nuestro liderazgo y la defensa de nuestros intereses e ideales”, dijo en 2012. Calificó la ayuda como “una forma muy eficaz en términos de costos” de extender la buena voluntad y el poder blando de EU por todo el mundo.
Trump pensaba de otra manera. En su primer día de regreso en el cargo había firmado una orden ejecutiva que suspendía temporalmente la asistencia exterior.
También dio vía libre al llamado Departamento de Eficiencia Gubernamental de Elon Musk para intervenir en USAID. Musk calificó a la agencia de “organización criminal”, envió a licencia a la mayor parte de su personal y se jactó de haberla pasado por una “trituradora”. En marzo de 2025, Rubio convirtió en permanente la suspensión temporal de la ayuda decretada por Trump y anunció la cancelación de 83 por ciento de los programas de USAID, incluidos algunos de prevención del VIH, atención al hambre infantil y control de la malaria. La asistencia anual para el desarrollo cayó a una fracción de los casi 43 mil millones de dólares que Estados Unidos proporcionaba antes del regreso de Trump al poder. Lo poco que quedó de USAID pasó a formar parte del Departamento de Estado.
Antes, la mayor parte de los recursos de asistencia se canalizaba a través de organizaciones no gubernamentales especializadas en distribuir fondos y administrar programas complejos. Trump ha optado por negociar acuerdos de ayuda directamente con otros gobiernos, a menudo con la condición de que los países aporten una cantidad equivalente o entreguen a Estados Unidos algo de valor a cambio. El objetivo es que, dentro de cinco o diez años, “ya no necesiten ayuda porque utilizaron nuestra asistencia para desarrollar su capacidad interna de atender estos problemas”, dice Rubio. “Esa es una forma mucho mejor de prestar ayuda que seguir destinando dinero a problemas que nunca se resuelven”.
La Administración ha alcanzado acuerdos de atención médica con más de 20 países africanos, pero otros gobiernos han objetado las condiciones, al señalar que EU buscaba acceso a valiosos yacimientos minerales o a los datos de salud de sus ciudadanos. Mientras tanto, China, al percibir una oportunidad, ha comenzado a aumentar modestamente su ayuda humanitaria directa a África y otros lugares.
Las consecuencias de los recortes estadounidenses podrían ser graves. Un estudio publicado en junio de 2025 en The Lancet concluyó que podrían provocar alrededor de 14 millones de muertes adicionales para 2030 (funcionarios del Departamento de Estado han cuestionado las conclusiones del estudio). “Sin duda estamos viendo sufrimiento a una escala enorme y hay personas que están muriendo”, dice Jeremy Konyndyk, quien ocupó altos cargos en USAID durante las Administraciones de Biden y Obama y ahora preside Refugees International, una organización de defensa con sede en Washington. “Lo que más me preocupa es que creo que lo peor está por venir”.
“La ayuda exterior nunca ha sido caridad. Estados Unidos la proporciona porque responde a nuestros intereses nacionales”, dijo Rubio. Suponer “que, de algún modo, los contribuyentes estadounidenses son responsables de aliviar todo el sufrimiento del planeta es absurdo”.
Trump también recurrió a Rubio para ejecutar su política de deportaciones masivas. En los primeros días, el secretario negoció con el presidente de El Salvador, Nayib Bukele, el traslado de más de 200 inmigrantes a la prisión CECOT, conocida por sus duras condiciones. Trump afirmó que pertenecían a la banda venezolana Tren de Aragua. Organizaciones de derechos humanos que dan seguimiento a las deportaciones informaron que muchos de ellos no tenían vínculos comprobados con pandillas ni antecedentes penales en EU.
El Departamento de Estado negoció acuerdos adicionales con gobiernos de América Latina, el Caribe y África para recibir a personas deportadas que, según la Administración, no podían regresar a sus países de origen o no querían hacerlo.
Según la organización sin fines de lucro Third Country Deportation Watch, desde entonces Estados Unidos ha enviado a más de 25 mil personas a 29 países, entre ellos Ruanda, Sudán del Sur y Uganda. Con frecuencia, los deportados desconocen la cultura y el idioma de esos lugares, y llegan sin estatus legal, sin un lugar donde vivir ni medios para subsistir.
Miles de las personas enviadas son cubanos que llegaron a Estados Unidos en busca de una vida mejor, como hicieron los padres de Rubio en la década de 1950. Un análisis de Human Rights Watch publicado en mayo examinó los casos de 4 mil 353 cubanos deportados a México y encontró que mil 157 de ellos, 27 por ciento, no tenían antecedentes penales. Otros 731 enfrentaban cargos pendientes, pero no habían sido condenados por ningún delito. Rubio también apoyó el fin del estatus de protección temporal para cientos de miles de venezolanos, en un cambio de postura respecto de la que sostuvo como senador en 2019. Algunos han sido devueltos a Venezuela; otros, deportados a terceros países. Organizaciones defensoras de los inmigrantes afirman que las deportaciones suelen ocurrir antes de que los recursos legales presentados en Estados Unidos sean examinados o agotados. “Si no van a hacer cumplir las leyes migratorias, ¿para qué tenerlas?”, dice Rubio. “Estados Unidos no puede ser refugio de todas las personas del mundo que tienen problemas en su país de origen. Simplemente no es razonable”. Lo ideal, afirma, sería que quienes se encuentran ilegalmente en Estados Unidos regresaran a su país. “Pero si se niegan a hacerlo, entonces buscamos otro país donde puedan estar”.
En privado, según asesores de la Casa Blanca, Rubio le dice a Trump lo que piensa, y el presidente toma en serio sus consejos, aunque a veces no los siga. Rubio ha logrado en cierta medida que Trump vea con escepticismo la disposición de Putin a poner fin a la guerra contra Ucrania, según personas familiarizadas con esas conversaciones. Trump también se retractó este verano de su amenaza de cobrar peajes a los barcos que transitan por el estrecho de Ormuz. Rubio había argumentado que ningún país debe gravar el paso por una vía marítima internacional.
“Ha habido ocasiones en que Rubio ha ejercido una influencia moderadora”, dice Jeanne Shaheen, senadora demócrata por Nuevo Hampshire que trabajó con él en el Comité de Relaciones Exteriores. “Pero parece que solo ha sido en cuestiones secundarias”.
Fuera de la Casa Blanca, Rubio respalda a Trump sin vacilar. A menudo transforma el lenguaje provocador y combativo del presidente en expresiones diplomáticas de tono sereno y aparentemente razonable. Después de que Trump declaró en febrero de 2025 que Estados Unidos iba a “tomar el control” de la Franja de Gaza y convertirla en “la Riviera de Medio Oriente”, los periodistas acudieron a Rubio en busca de explicaciones. El secretario reformuló cuidadosamente la inquietante afirmación de Trump como una oferta “generosa” del presidente para “asumir la responsabilidad de la reconstrucción de esa zona”.
La tarea de matizar las palabras de Trump resultó aún más difícil ese mismo mes, después de que el presidente y Vance reprendieron en el Despacho Oval al presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, por no mostrar suficiente gratitud por la ayuda estadounidense en la lucha de su país contra Rusia. Trump advirtió a Zelenski que llegara a “un acuerdo” con Putin “o nos retiramos”. Rubio, quien había sido uno de los principales defensores de Ucrania, permaneció hundido en un sofá junto a Vance, con expresión sombría. La escena produjo una fotografía noticiosa que se volvió emblemática y dio pie a innumerables parodias. Pero, al hablar con la prensa después de la reunión, se apegó en lo esencial al discurso de Trump. El presidente ucraniano debería “dar las gracias a un presidente que está tratando de ayudar a poner fin a esta guerra”, dijo. “Uno empieza a pensar que tal vez Zelenski no quiere un acuerdo de paz”. Para el cumpleaños número 55 de Rubio, en mayo, sus colegas de la Casa Blanca le regalaron un collage enmarcado de memes sobre su postura en aquel sofá.
Muchos empleados del Departamento de Estado que habían soportado la turbulencia del primer mandato de Trump sintieron alivio al saber que, esta vez, había nombrado a un funcionario experimentado en política exterior para dirigir la dependencia. En su primer día como secretario, Rubio se colocó en la entrada principal del edificio y pronunció un discurso entusiasta ante el personal. Bajo su liderazgo, el trabajo de los empleados estaría “en el centro de la formulación de nuestra política exterior”. Esa promesa pronto se desvaneció. Después de que Trump y Musk exigieron a los secretarios del gabinete recortes drásticos de personal, Rubio despidió a más de mil empleados de una plantilla que calificó de “sobredimensionada”, y redujo o cerró oficinas dedicadas a la promoción de los derechos humanos y la democracia.
Hoy, cerca de la mitad de las embajadas estadounidenses en el mundo carecen de embajador, incluidas las de Alemania, Arabia Saudita y otros países socios. Desde el regreso de Trump al poder, la mayoría de las embajadas se han asignado a sus partidarios políticos en lugar de a diplomáticos experimentados. Cientos de especialistas han renunciado o han sido despedidos, y secciones clave del departamento han quedado sin personal que las atienda. Los empleados del servicio exterior que aspiran a un ascenso ahora son evaluados, en parte, por su “fidelidad” a la visión del mundo de Trump.
La dependencia ha resentido los efectos de estos cambios. “La moral está por los suelos, quizá más baja que nunca. La gente teme expresar lo que piensa”, dice Kelly Adams-Smith, diplomática de carrera que dejó su puesto en enero.
Dentro del gobierno, Rubio se ganó la reputación de conseguir resultados para Trump sin llamar demasiado la atención. Eso llevó al presidente a recompensarlo con aún más responsabilidades, incluida, curiosamente, una temporada como director interino de los Archivos Nacionales. Rubio se convirtió en asesor de Seguridad Nacional después del escándalo conocido como Signalgate del año pasado, cuando Trump despidió a Mike Waltz después de que este agregara por accidente al editor de The Atlantic a un chat de Signal en el que altos funcionarios discutían un inminente ataque estadounidense contra objetivos hutíes en Yemen. Para Rubio, fue un encargo muy codiciado. El asesor de Seguridad Nacional cuenta con un equipo mucho más pequeño que el del secretario de Estado, pero trabaja más cerca del presidente, lo asesora y convoca reuniones con los secretarios del gabinete. Además, el cargo incluía el escritorio cercano a Trump en el Ala Oeste.
Las decisiones
Durante una intervención ante un grupo conservador en Washington el año pasado, Rubio expresó su asombro por la rapidez con que Trump pone en marcha sus ideas. Era un mundo distinto al del Senado, lento y deliberativo, donde él era una de 100 voces y cualquier medida tardaba una eternidad en concretarse. Rubio bromeó a medias con que ahora, en ocasiones, se sentía frustrado por leyes que obstaculizaban lo que quería hacer, hasta que recordaba que él mismo las había redactado. “Cada día aprecio más al Poder Ejecutivo”, dijo.
Tras el ataque militar contra Venezuela en enero, Trump puso a Rubio a cargo de supervisar el gobierno provisional de Delcy Rodríguez, la colaboradora de Maduro a la que, en los hechos, Trump instaló como gobernante del país. Rubio mantiene una comunicación estrecha con Rodríguez, quien consulta con él las decisiones importantes, según personas familiarizadas con la relación. El secretario habla con frecuencia de llevar la democracia a Venezuela, y el gobierno y la oposición han iniciado conversaciones, pero no hay una fecha electoral a la vista.

En cambio, Trump está aprovechando su poder sobre el país para obtener su petróleo. En agosto, la Administración anunció un acuerdo con Venezuela que concede a una empresa respaldada por Estados Unidos derechos durante 100 años sobre yacimientos que contienen aproximadamente 65 mil millones de barriles de petróleo, equivalentes a cerca de 20 por ciento de las reservas probadas del país.
El convenio otorga a Estados Unidos el derecho a una participación de 35 por ciento en la empresa y acceso garantizado, a precio de costo, a una quinta parte del petróleo que produzca. Algunos integrantes de la oposición venezolana sostienen que el acuerdo carece de validez porque lo firmó Rodríguez, quien debe su poder a Trump. Rubio, cuyo Departamento de Estado negoció el convenio, lo celebró como “una enorme victoria tanto para el pueblo estadounidense como para el venezolano”.
La caída de Maduro también ha agravado los problemas económicos de Cuba. Durante décadas, el gobierno de la isla dependió del petróleo subsidiado de Venezuela. Una vez que Maduro quedó bajo custodia estadounidense, Trump anunció un bloqueo a los envíos de petróleo al gobierno cubano. El presidente también recurrió a amenazas arancelarias para persuadir a México, el último gran proveedor de petróleo que le quedaba a Cuba, de detener los envíos.
Rubio ha buscado maneras de endurecer las sanciones contra Cuba con el objetivo de sacar del poder al régimen, que lleva 67 años gobernando, según una persona familiarizada con el asunto. La postura de Rubio es: “Estrangulemos al régimen hasta acabar con él”, afirma esa persona. Trump ha aumentado las sanciones estadounidenses contra entidades controladas por el Estado, con medidas dirigidas a las industrias minera, de la construcción y de los metales. La isla padece ahora apagones recurrentes, y las Naciones Unidas han advertido que las sanciones podrían provocar una crisis humanitaria, mientras hospitales e instalaciones de saneamiento se quedan sin electricidad.
A principios de este año, Rubio viajó al Comando Sur de Estados Unidos, en Florida, lo que desató especulaciones sobre los preparativos para un ataque militar. Sin embargo, en Washington esa posibilidad se considera poco probable, dadas las presiones que la guerra contra Irán ha impuesto a las fuerzas armadas estadounidenses y a los índices de aprobación de Trump. Tampoco está resuelto quién gobernaría si Estados Unidos derrocara al régimen actual.
En medio de todo esto, Rubio dedica mucho tiempo a lidiar con las repercusiones de la guerra contra Irán. A medida que el conflicto se prolonga, sacude la economía mundial, encarece la gasolina y los alimentos y amenaza con extenderse, el secretario se ha mantenido al margen. Fue Vance quien viajó a Pakistán en abril para intentar negociar un alto al fuego. El vicepresidente quería encabezar las negociaciones, y Rubio no se opuso. También dudaban de que Irán cumpliera finalmente cualquier acuerdo alcanzado. Mientras Vance soportaba 15 horas de negociaciones infructuosas con representantes de la República Islámica, Rubio estaba sentado junto a Trump en una pelea de la UFC en Miami.
Algunos seguidores incondicionales de MAGA, furiosos porque Trump incumplió su promesa de campaña de evitar guerras en el extranjero, culpan a Rubio de no hacer más para sacar a Estados Unidos del conflicto con Irán. “Cuando Henry Kissinger era secretario de Estado y asesor de Seguridad Nacional, estaba en todas partes, involucrado en todos los grandes asuntos del momento”, dice Steve Bannon, figura veterana del movimiento MAGA y exasesor de Trump. “Llevamos seis meses en una guerra que parece que podría durar seis años, y Rubio está en el programa de protección de testigos. Los estadounidenses quieren saber exactamente cómo nos metimos en este problema y cómo vamos a salir de él”. Rubio trabajó por canales diplomáticos para conseguir el respaldo de los socios tradicionales de Estados Unidos. Pero la hostilidad de Trump hacia la OTAN complicó esa tarea.
Más allá de Irán, Rubio ha tratado en ocasiones, discretamente, de reducir el daño causado por Trump en las relaciones con sus aliados. Después de que el presidente declaró en enero que no descartaba usar la fuerza militar para obtener el control de Groenlandia, Rubio se reunió con los ministros de Relaciones Exteriores de Groenlandia y Dinamarca para asegurarles que Estados Unidos no atacaría a un aliado de la OTAN, pese a las amenazas incendiarias de Trump.
Rachel Tausendfreund, investigadora principal del Consejo Alemán de Relaciones Exteriores, afirma que algunos diplomáticos europeos ven a Rubio como alguien que “todavía intenta preservar un poco de la política exterior tradicional de Estados Unidos: favorable a la OTAN, a la proyección mundial de su poder, a las alianzas y, en cierto modo, más estable”. Aun así, añade: “Creo que, a estas alturas, la mayoría de los europeos entiende que nada de lo que escuchen de un funcionario estadounidense que no sea Donald Trump es seguro”.
El sucesor
En mayo, Trump ofreció una cena al aire libre en el Jardín de las Rosas de la Casa Blanca, un espacio antes cubierto de vegetación que mandó pavimentar y convertir en una terraza para cenas al estilo Mar-a-Lago. Inauguró el acto, presentado como un homenaje a los agentes del orden, con un discurso improvisado en el que recordó que lo habían llamado “el mejor presidente de la historia” y se quejó de que le habían robado las elecciones de 2020.
Unos 20 minutos después de comenzar su larga enumeración de agravios, Trump llegó a un tema del que habla cada vez con mayor frecuencia: la próxima campaña presidencial. Parece muy consciente de que el mundo político ya mira más allá de los años que le quedan en el cargo, y disfruta visiblemente el papel que se ha atribuido de decidir quién heredará el liderazgo republicano. Trump reflexionó sobre cuál de sus principales colaboradores podría sucederlo en el Despacho Oval y luego se concentró en los dos aspirantes más destacados: Vance y Rubio.
“No lo sé”, dijo Trump. “¿Quién será?”. Planteó la pregunta a los invitados a la cena. “Bueno, vamos. ¿Están listos? ¿A quién le gusta JD Vance?”. Se escuchó una exclamación entre los asistentes. “¿A quién le gusta Marco Rubio?”. Hubo más aplausos. “Muy bien, suena como una buena fórmula”, dijo Trump, y añadió con una sonrisa: “Eso no significa, bajo ninguna circunstancia, que tengan mi respaldo”.
Trump suele plantear la misma pregunta a donantes multimillonarios, visitantes del Despacho Oval y otros interlocutores: “¿JD o Marco? Cuando repitió la dinámica a principios de este año en una reunión de recaudación de fondos en Mar-a-Lago para Maga Inc., el comité de acción política afín a Trump, casi todos levantaron la mano a favor de Rubio, según una persona que estuvo presente.
Dentro del círculo de Trump, muchos consideran que Rubio es el candidato más atractivo por su experiencia en seguridad nacional y su personalidad afable. Vance es respetado, pero “da la impresión de que está aprendiendo sobre la marcha”, dice un asesor de Trump.
Muchos de los CEO y financieros republicanos que gastan grandes sumas en campañas tienen vínculos más antiguos con Rubio, según dos donantes veteranos del partido. Esa familiaridad es parte de su atractivo. Rubio lleva años siendo una figura importante del partido, y sus posturas sobre asuntos económicos y el papel de EU en el mundo son conocidas, afirman los donantes. En cambio, algunos grandes donantes ven a Vance con menos simpatía y lo consideran una nueva versión de Trump, tanto en lo político como en su temperamento.
Curt Mills, editor de la revista de política The American Conservative, dice que el nombre de Rubio surge con frecuencia en sus conversaciones privadas con republicanos. Atrae a quienes “quieren dejar atrás los años de Trump y creer que las cosas volverán a ser como antes”, afirma Mills. Algunos donantes le han dicho que sospechan que las verdaderas convicciones de Rubio se acercan más a las del partido de la década de 1990, “favorable a la empresa privada, al excepcionalismo estadounidense y abierto a una amplia coalición”, y que esperan que gobierne como un conservador tradicional. Pero Mills considera que se trata de una ilusión: “No hay vuelta atrás. Trump cambió al partido”.
Varias personas cercanas a Rubio dicen que podría decidir no participar en una contienda interna difícil por la sucesión de Trump, sobre todo si Vance se postula. A diferencia de otros integrantes del gabinete de Trump, Rubio ha vivido durante décadas de un sueldo público y no es rico. Según esas personas, podría optar por un empleo lucrativo en el sector privado mientras decide qué hacer después. El propio Rubio ha sugerido repetidamente que Vance sería el mejor candidato y ha esquivado las preguntas sobre su futuro. “La especulación política es un deporte que a la gente le gusta practicar y sobre el que le gusta escribir”, dice. “No me molesta. Simplemente no voy a dedicarle más tiempo”.
Rubio “ha descartado por completo la idea de que quiere ser presidente”, dice un asesor de Trump desde hace años, quien añade que es una decisión inteligente. Sería un error que cualquier aspirante republicano pareciera ansioso por dejar atrás a Trump, observa el asesor: “Si intentas coronarte a ti mismo dentro del mundo MAGA, te rechazarán”.
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