¿No todos los hombres?

Jane Doe es el seudónimo de la mujer que denunció el abuso que sufrió por horas, a manos de siete exintegrantes de la fraternidad Chi Phi en la Universidad de Cornell en 2024.

La joven de 20 años se encontraba alcoholizada y drogada. Los presuntos agresores la ofrecieron a sus compañeros en un grupo de Snapchat integrado por 57 estudiantes. El que quisiera podía sumarse a ‘su fiesta’. Otra opción era impedirlo o denunciarlo. Pero todos callaron.

El proceso legal se reabrió dos años después por las irregularidades cometidas tanto por la universidad como por las autoridades. La historia de revictimización, descrédito de la víctima y justificación de los responsables es la misma, el patrón que siguen la mayoría de estos casos.

Lo sucedido es terrible por sí mismo, pero centremos la atención en la escalofriante conducta de quienes guardaron silencio. Ese silencio confirma normalización, complicidad, el pacto patriarcal cuya existencia tanto se niega.

En redes sociales, a los hombres que comentan las publicaciones referentes al caso no les indigna la agresión, les ofende la supuesta actitud a la defensiva de las mujeres, les incomoda que los metan a todos en la categoría de potenciales violadores. “No todos los hombres”, pregonan otra vez.

“No todos los hombres”, pero sí los siete que participaron y los 50 que lo solaparon.

El pacto

“No todos los hombres”, pero sí el exesposo de la francesa Gisele Pelicot y los más de 50 sujetos a los que reclutó a través de Internet para abusar de ella a lo largo de 10 años, mientras la mantenía narcotizada con ansiolíticos. Esta atrocidad involucró a hombres de entre 26 y 73 años.

¿Cómo descubrieron las autoridades al culpable, Dominique Pelicot? Fue sorprendido filmando debajo de la falda de mujeres en un supermercado.

La historia impactó a nivel internacional ya que Gisele solicitó en 2024 un juicio público.

No nos vayamos tan lejos. En 2023, un hombre de 22 años fue detenido en Irapuato por grabar y tomar fotos a mujeres sin su consentimiento. Las imágenes iban directo a un grupo de Telegram.

“No todos los hombres”, pero sí los mil 500 suscriptores de ese canal, mil 500 hombres que para conservar la ‘membresía’ debían a su vez aportar material. Mil 500 cómplices de un delito que gracias a la Ley Olimpia se castiga con entre tres y seis años de prisión.

Ese tipo de grupos no han desaparecido. Y para otros no hay necesidad de ingresar a ellos, actúan en solitario. Pero todos operan protegidos por ese pacto que existe gracias a nuestra cultura machista y la impunidad.

Los depredadores, agresores en potencia y agresores que han pasado al plano de la acción, no son psicópatas ni monstruos, son el amigo de toda la vida, el novio, el primo, el estudiante ejemplar, el padre de familia, el cordial compañero de trabajo, el profesor… Hombres respetables ante la sociedad, sujetos normales. Porque la normalidad es un contexto sociocultural donde la mujer es vista como objeto, como inferior.

Múltiples estudios han demostrado que la violación tiene poco que ver con el deseo, y todo que ver con el poder, con el derecho a ejercerlo, (y que se justifica con argumentos gastadísimos: ella quería, ella me provocó, les gusta que las traten mal).

“No todos los hombres”, pero sí muchos con los que interactuamos en el día a día y que dan señales a las que debemos prestar atención.

Lo ‘normal’

He vivido, lamentablemente muy de cerca, situaciones en que los hombres justifican, solapan o callan conductas de sus amigos que van desde ‘ghostear’, manipular, hasta ser infieles o compartir imágenes íntimas. No son capaces de reprender al otro, de al menos invitarlo a la autocrítica.

Su actitud cambia si sus parejas son acosadas, minimizadas o agredidas. Les importa y ofende por una cuestión de orgullo herido, de defensa del territorio. Les duele la traición de sus congéneres. Si amigas, compañeras de trabajo, víctimas que exponen su historia en redes pasan por esa situación, no les interesa en igual medida.

La indiferencia es peligrosa. No esperamos ni pedimos que todos los hombres se conviertan en salvadores o aliados, pero al menos, que tomen conciencia y cuestionen sus propios actos y los de aquellos que los rodean.

En redes sociales abundan los videos de experimentos sociales donde se escenifica una situación de acoso, mujeres en peligro de ser drogadas o hasta secuestradas, discusiones entre parejas donde el hombre se pone violento. La mayoría de los testigos, objetivos de estos simulacros, no intervienen.

Lo que ocurrió en Cornell no fue un experimento. Entre los 50 en el grupo de Snapchat, que no agredieron a Jane Doe, algunos hicieron comentarios vulgares.

“Free pussy” (me niego a traducir), decía el texto inicial. “Amo a Chi Phi”, “Yeah”, “¿La tienda sigue abierta?”, “Quiero mi licencia”, fueron algunas respuestas que llegaron entre la 1:42 y las 2:36 am.

Otros ignoraron el mensaje, como si se tratara de rechazar la invitación a comer los restos de una pizza que alguien dejó en la cocina.

Si ambas conductas no nos horrorizan, ¿de qué estamos hechos? Hablamos de un escenario donde el silencio y la inacción no se deben solamente a evitar problemas. Se deben a la frialdad, lo cotidiano del abuso, al miedo a manchar una reputación, a la complicidad, al histórico pacto.

¿Merecen un castigo? Difícilmente lo tendrán. Se sabe que dos de los estudiantes señalados por violación fueron expulsados, la sanción para otro fue escribir un ensayo donde reflexionara sobre su proceder. Así de sencillo.

Invito a quienes lean este espacio a preguntar su opinión sobre al caso a sus allegados. ¿Qué habrían hecho en el lugar de esos 50 individuos que prefirieron guardar silencio? ¿Qué opinan de la historia? “No todos los hombres”, pero sobran motivos para dudar.

La intención no es generalizar. Es cierto que cada vez más hombres cuestionan y modifican sus resabios de machismo. Pero es doloroso saber que no son mayoría y las cifras y testimonios que leemos y escuchamos a diario, son abrumadores.

LO SUPERFLUO: El silencio es cómodo, evita conflictos.

LO PROFUNDO: El silencio es complicidad, tomar partido.