Natalia Cruz y La Istmeña llevan la fiesta del Istmo de Tehuantepec al Cervantino

Guanajuato, Gto.- Entre trompetas, saxofones, batería, platillos y un bombo que retumbaba en las piedras de la Alhóndiga de Granaditas, arrancó la fiesta oaxaqueña poco antes de las ocho de la noche. Natalia Cruz y su agrupación La Istmeña, originarios de Asunción Ixtaltepec, tomaron el escenario para demostrar en esta edición 54 del Festival Internacional Cervantino que la música tradicional del Istmo de Tehuantepec tiene un poder que cala hondo.

Los habitantes de Guanajuato capital y los visitantes que llegaron orgullosos para escuchar los sonidos de su tierra se dejaron transportar de inmediato a una plaza pública oaxaqueña. Los músicos, vestidos de blanco, marcaron el compás con metales de aliento que reclamaban su lugar y hacían volar paliacates en las alturas, mientras Natalia lucía una indumentaria tradicional en tono guinda, con detalles amarillos y holán blanco, y se plantaba descalza sobre la tarima.

El público eligió escuchar nuevamente “La Llorona” ante la despedida de Natalia Cruz, quien cerró su presentación con un homenaje a los pueblos originarios.
El público eligió escuchar nuevamente “La Llorona” ante la despedida de Natalia Cruz, quien cerró su presentación con un homenaje a los pueblos originarios.

“¡Y que viva el Istmo de Tehuantepec!”, lanzó al micrófono, encendiendo los aplausos y coros de los asistentes.

Apenas terminó la primera pieza, el mezcal salió a relucir. La noche amenazaba con ser fría, pero el trago directo de la botella, repartido después a algunos afortunados entre el público, sirvió como agua bendita para calentar la garganta: “Para todo mal mezcal, y para bien también… Naranja y sal, pura pasión, sabor a miel lleva el mezcal”.

La música del Istmo puso a bailar a la Alhóndiga

La velada siguió con Juchitán de Zaragoza en la memoria y la clásica sentencia: “Un hombre debe de tener las tres efes: feo, fuerte y formal”, dando paso a las notas que antecedieron a “La Bruja”.

La voz de Natalia llenó la explanada sin necesitar casi del micrófono: “A las dos de la mañana… ay qué bonito es volar (…) Volar y dejarse caer en los brazos de una dama”. El piano aportaba el matiz romántico y el duelo de sentimientos, mientras el saxofón y la tuba mantenían ese sonsonete bailable y clásico de los sones de fiesta.

Cerca de las 7:58 de la noche, el ambiente estalló en fiesta popular. La gente dejó sus lugares para armar la clásica rueda mexicana y bailar al ritmo del güiro, la flauta y los metales. Frente a quienes insisten en que el Cervantino pierde fuerza, la postal en la Alhóndiga desbordó energía y baile colectivo.

Antes de las ocho ya se asomaba “La Llorona”, dedicada “con mucho cariño, mucho respeto y todo nuestro amor”. Más adelante, ante el anuncio de despedida que nadie quería aceptar, el público tuvo que elegir a fuerza de aplausos entre “La Sandunga” y volver a escuchar “La Llorona”. Ganó esta última, calando en la piel y en los huesos, no por el frío de la noche, sino por la atmósfera que se respiraba.

A capela también se escuchó la devoción costeña: “Virgencita reina del Carmen, patrona de los pesqueros… trae camarón, trae barrilete, también curvina y abulón”.

Con el canto vivo de las raíces zapotecas y el grito de “¡Que vivan los pueblos originarios!”, Natalia Cruz y La Istmeña sellaron una noche que transformó el histórico recinto guanajuatense en una auténtica mayordomía oaxaqueña.

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