En las últimas semanas y con mayores estridencias —y no con falta de razón— se escuchan las lamentaciones mexicanas que brotan en los noticiarios, en las columnas de opinión, en las noticias, en las conversaciones de café. Con voz lastimosa y ojos lacrimosos vemos a tantos afirmar que regresamos a la época del partido único, pero recargado y más tiránico; que se ha arruinado la Constitución; que será el regreso a la dictadura, pero peor y que ahora sí seremos idénticos a Nicaragua, Venezuela, o Bolivia. Y, por lo que hemos presenciado en estos días, ya lo vemos bastante posible. Por su parte, el oficialismo sonríe y declara —y no con falta de razón— que ellos están ahí por el mandato de las urnas. Es verdad.
Que el partido ganador le pase encima a la oposición como si fuera una aplanadora no debiera ser una novedad. Estoy segura de que, en su lugar, harían lo mismo. Y, la verdad es que los mexicanos merecemos mejores políticos, merecemos una oposición más digna, una que hubiera hecho su trabajo a tiempo. No obstante, no lo hicieron. Estuvieron dormidos, en un estado de catatonia que los redujo, los empequeñeció mientras el movimiento del presidente López Obrador seguía conquistando.
Y, es que las palabras del presidente entraron al corazón de los mexicanos. Nos gusten o no sus dichos, López Obrador sedujo. Así, a pesar de que sabemos del padecer de cualquier ciudadano al intentar conseguir servicio en algún hospital del estado, le creen cuando dice que nuestro sistema de salud es mejor que el de Dinamarca. Se le admite de todo, incluso las exageraciones que hacen sentido cuando lo que ha prevalecido es la grandilocuencia y el exceso.
Desde el púlpito presidencial, se pronuncian palabras que no necesitan respaldo, el discurso flamígero no tiene consecuencias. Sabemos que la tiene. Pero ¿dónde estaba la oposición cuando todo eso sucedía? Estaba achicándose. Ejerciendo un silencio cruel en algunos casos, amargo en otros. Ahora las lamentaciones brotan como si sirvieran de algo. Afirman que las expresiones oficialistas son una mezcla de populismo y falta de profundidad. Nos hacen ver las consecuencias de lo que se nos viene y ahora que ya no pueden urdir nada más que quejas. Se parecen a esa liebre que se echó a dormir mientras la tortuguita caminó rumbo a la meta.
Se quejan de que los proyectos de reformas están llenos de errores y despropósitos y parece que tienen razón. Hacen ver que los oficialistas no son muy sabios, señalan que sus defensas en el Congreso son patéticas, que la gran mayoría no sabe ni lo que vota, que tal vez ni lo leyeron y que si se tomaron la molestia ni lo entienden. Critican la obediencia obcecada, la sinrazón y se cuestionan el amor que el pueblo bueno les tiene. Las lamentaciones de la oposición nos recuerdan al libro de Job en el Antiguo Testamento.
Pero, no se les ve contrición. No se arrepienten de haber hecho tan mal papel, no se les nota un ánimo de repensar qué hicieron mal y no se cuestionan por qué nos abandonaron en manos de quienes hoy dirigen nuestro destino. Me gustaría verlos articulados, fuertes, convincentes. Es hora de pensar. ¿Qué harán para salvar el orden republicano? Encima, entre ellos hay traidores que brincan alegremente de una postura a otra, sin pensar en el país ni en la democracia.
Las lamentaciones son sentidas y sinceras, también válidas. Pero, la oposición está desmoronada, descolocada y no se le ve levantar la cabeza. Más bien se le ve en caída libre, más bien vemos cómo se destruye. Hay empresarios, emprendedores, académicos, gente de a pie y grupos de la sociedad que también elevan sus lamentaciones, tienen razón. ¿Servirá de algo? Parece que no mucho.
Ni modo, así son las elecciones y así son los cambios. Eso fue lo que eligió el pueblo de México en las urnas. ¿Nos gusta a todos? No. El ganador toma todo, no pregunta, va derecho y no se quita. La oposición no supo ganarse el espacio de contrapeso. Ese motivo es el que habita las lamentaciones mexicanas.
