Fuimos en un Impala blanco hasta el remotísimo Estadio Azteca: recuerdo un Periférico rodeado de sembradíos, y un carro atestado de niños que íbamos a presenciar por primera vez una final del campeonato de futbol. Constato en la hemeroteca que aquel domingo era el 19 de mayo de 1974.
Solo unos días más tarde aparecería la noticia del secuestro del candidato a gobernador de Guerrero, Rubén Figueroa, a manos del Partido de los Pobres, el grupo guerrillero encabezado por Lucio Cabañas. El sexenio de Echeverría entraba mal en su fase final. Eran los años de la Guerra Sucia.
Aquel día la Ciudad de México acababa de ser declarada la más contaminada del mundo. El periódico El Nacional informaba que los accidentes viales registraban un incremento de 11% anual. La capital se inundaba constantemente, y en busca de solución el gobierno anunciaba (otra vez) una serie de obras para evitarlas.
Acababa de suicidarse en Lomas de Virreyes, con una .38, el poeta y dos veces secretario de Educación, Jaime Torres Bodet: “He llegado a un instante en que no puedo, a fuerza de enfermedades, seguir fingiendo que vivo”, decía la nota de despedida que se encontró en su despacho.
“La autocrítica elimina el dogmatismo y la egolatría”, declaraba en Tlaxcala el entonces presidente del PRI, Jesús Reyes Heroles.
El escándalo de moda era el de la rica heredera Patricia Hearst, nieta del magnate de los medios, Willian Randolph Hearst, quien fue secuestrada por un extraño Ejército Simbionés de Liberación que exigía como rescate 6 millones de dólares en comida para los pobres, y con el cual, en razón del clásico Síndrome de Estocolmo, la propia Hearst terminó por aliarse.
El día de que hablo, el FBI circuló una fotografía suya con un rifle en las manos, durante el asalto a un banco, y la declaró “armada y peligrosa”.
Sorprende la manera, casi un mazazo, como un simple periódico antiguo abre el cajón de las cosas olvidadas. Veo el anuncio de la telenovela “Ha llegado una intrusa” y vuelvo a oír su tema musical. Hallo el anuncio de la telenovela “Ana del aire” y se me viene a la mente el rostro de una jovencísima Angélica María, con un elegante sombrero de aeromoza. Hace milenios que no recordaba que hubo un programa que se llamó Univer5inco, conducido por el entonces inevitable Tío Gamboín.
Nombres que vienen de la prehistoria: Charlas de Figaredo y Platícame un libro, con Severo Mirón.
¿De dónde sacábamos tiempo y dinero para estar al tanto de todo? La aventura del Poseidón, en el cine Ciudadela; El Golpe, en el Polanco; Calzonzin inspector, en el Roble; Ben la rata asesina, en el Futurama; Luna de papel en el Apolo Satélite; Melody en el Palacio Chino y Naranja Mecánica en la recién inaugurada Cineteca (la que se quemó en 1982 y convirtió en cenizas el cine mudo mexicano).
En 1974, Ángel Fernández había inventado una religión. La misa era todos los domingos y comenzaba con la frase: “¡A todos los que quieren y todos los que aman el futbol!”. En las narraciones de Fernández hasta el partido más aburrido terminaba pareciendo un capítulo de La Ilíada: no estaban hombres sobre la cancha, sino semidioses.
Después de La Cabalgata Deportiva Gillette venían las transmisiones más emocionantes de la historia y aquel día íbamos a presenciar en vivo el choque de trenes entre el equipo que Ángel Fernández había bautizado como La Máquina Celeste, el Cruz Azul, y un trabuco en el que militaban la Cobra Muñante, Tomás Boy, Benito Pardo, José Luis Trejo y Ricardo Brandon: el Atlético Español.
Estábamos todos con la Máquina, que iba en pos de su tercer campeonato y venía de perder 2-1 el partido de ida. “El Gato” Marín, el arquero al que Fernández impuso el apodo de “El Supermán”, era el ídolo de aquellos días. Algo me comienza a aletear, como que en el fondo de una tumba se vuelve a agitar una emoción perdida cuando escucho estos nombres: Kalimán Guzmán, Eladio Vera, Cesáreo Victorino, Alberto Quintano, Nacho Flores, Javier Sánchez Galindo, Fernando Bustos, Juan Manuel Alejandrez, Eladio Vera y Horacio López Salgado.
Ahora estaban todos ellos sobre la cancha y teníamos cocacolas y Sabritas y a los 15 minutos Horacio López Salgado metió el primer gol y yo nunca había visto rugir de ese modo un estadio.
Fue un partido reñido y convulso. Expulsaron a la “Cobra” Muñante y expulsaron también al técnico del Cruz Azul (Raúl Cárdenas). Quedaban 20 minutos (los narradores de esa época decían una frase inquietante: que el tiempo se consumía) cuando Bustos metió el segundo y faltaba solo un minuto para el silbatazo final cuando Nacho Flores marcó el tercero. Los del Atlético Español vociferaban que los tres goles habían sido fuera de lugar, y no sé si lo fueron, pero la Máquina dio la vuelta olímpica y en las tribunas había un mundo feliz, un domingo feliz.
Fuimos de los últimos en irnos, como si no quisiéramos que todo aquello terminara.
Lo recuerdo una y otra vez a la hora de las decepciones. Vuelvo a recordarlo cuando llega por fin la hora anhelada de la celebración.