Aún recuerdo el día en que el candidato Andrés Manuel López Obrador frente a los banqueros dijo que él estaba dispuesto a soltar al tigre si no ganaba la elección presidencial. Meses después se alzaba con el triunfo. Ganó a la buena, muchos votaron por él. Creyeron sus promesas. Amaban sus dichos y sus formas. Fue un presidente adorado por el pueblo bueno, aclamado por intelectuales que se afiliaron a sus puntos de vista, elegido por quienes lo vieron como el mejor abanderado para operar un cambio.
Y, llegó a la silla presidencial con gran poder y con una colección de tribus que se incorporaron a Morena, que lo apoyaron por convicción o por conveniencia, aunque no estuvieran hermanados entre ellos por otra razón más que por apoyar al hombre que tomó a la izquierda por las orejas y se la apropió. También recuerdo el día que se conoció el resultado de las elecciones que lo llevaron a ser presidente de la República. No fueron palabras de reconciliación nacional, optó por la división.
Así, aceptó aplausos y rechazó la crítica. Se abrazó de lo que él mismo denominó la honestidad valiente y ejerció el lema de abrazos no balazos hasta sus últimas consecuencias. Dió paso a que la primera mexicana llegara a ocupar la silla presidencial y fuera ella la que construyera lo que hoy se conoce como el segundo piso de la 4T. Sí. La honestidad, la austeridad, la cercanía con el pueblo podrían haber sido el legado de Morena, pero muchos de sus integrantes le han dado de patadas a estos valores. Hay quienes dicen que sí que hubo cambios, no todos los cambios son para bien.
Hoy, su heredera política, su sucesora: la presidenta Claudia Sheinbaum enfrenta cuestionamientos válidos que podrían definir su presidencia y poner en riesgo el legado de su partido. Dónde queda la honestidad cuando revientan por doquier acusaciones de corrupción, dónde la austeridad si hay evidencia de viajes de lujo y excesos que antes criticaban con amargura y hoy gozan con alegría infantil, dónde queda la lucha contra la corrupción si se sabe de vínculos con los cárteles de las figuras más destacadas de su partido. Legisladores, gobernadores, funcionarios que han surgido de las filas de Morena andan dando la nota.
El legado de Morena se reblandece porque no queda claro hasta dónde llegará el aguante para sostener o para enfrentarse a personas tan poderosas dentro del grupo polifacético de izquierda que los llevó al poder. Y, claro, un movimiento construido sobre promesas de acabar con los privilegios políticos, la corrupción y el tráfico de influencias no ha exigido a sus propios miembros que cumplan con esos mismos estándares. ¿Entonces?
En la mañanera, vemos a la presidenta pasar tragos gordísimos. No por su actuar ni el de su esposo ni el de sus familiares, eso hay que decirlo. La pobre hace equilibrios para que se vea que entre sus correligionarios se cumpla la ley, que las instituciones de procuración de justicia hagan su trabajo, que no se permita la injerencia extranjera en las decisiones que sólo le competen a las y a los mexicanos. Ella quiere, al parecer, actuar con rectitud, con honestidad, con honradez. Lo ha dicho: “… poder diferenciarnos de lo que fue el pasado de corrupción y privilegio”.
¿Será que no ve o no quiere ver? O, peor aún, que viendo y queriendo ver, no actúa. No hay sorpresa en que la presidenta quiera proteger a sus correligionarios, son su gente, les debe lealtad. Pero ese apoyo, pone a prueba la conducta y la política de Sheinbaum. El legado que buscó darle identidad fundamental Morena, está en juego porque la idea de que están regenerando moralmente al país siempre ha estado en entredicho y hoy, aún más. En el corazón de Morena, el partido reinante, están personajes como Andy López Beltrán, Adán Augusto López, Mario Delgado, Fernández Noroña y la lista sigue y sigue.
La presidenta pide evidencias desde el pulpito presidencial, qué le queda. Pero eso le complica más las relaciones con Washington. Recurre a echarle la culpa al pasado y a tratar de ocultar la delicada situación en la que están los morenistas. Ahí está el dilema: el legado de Morena puede ser el del cambio que prometieron o el de tratar de tapar el sol con un dedo. Cumplir o brindar protección, ese es el dilema.