En muchas ocasiones, en el correr está la respuesta. Para calmar la mente, para replantear las ideas, como un ‘sedante’ natural ante la vorágine que nos atañe por mantenernos -perpetuamente- a pie de guerra o como un simple acto de rebeldía y de conquista de nuestros espacios mediante trotes lentos o intervalos a paso firme.
Con el correr (o inserte aquí la disciplina o práctica que prefiera, no necesariamente deportiva) podemos diseccionar la vida. Entenderle. Y entretejerle.
Históricamente me he considerado un enemigo del positivismo y las metáforas de la vida a partir de la práctica deportiva. Porque no es así. Como decía Leila Guerriero hace casi cinco años en El País, no todo dolor tiene porque purificarnos; “¿Cuántas toneladas de autoayuda y mindfulness hemos tragado para engendrar esa necesidad maníaca de encontrarle a todo una enseñanza?”, decía, entonces bajo otro concepto y una realidad sinuosa frente a lo que resultaba la pandemia de coronavirus.
Pero abona muy bien al entendimiento de que, en los últimos años hemos acudido al deporte para verle como un salvamento en ese intento de intelectualizarle.
Eso de dar un poquito más, de quemar las naves o de ir a diario como un uno por ciento mejor, son ideas erróneas. Porque detrás hay vida, ‘subibajas’ y no siempre nuestras condiciones son las idóneas.
Pero como no todo puede ser drástico y también nos podemos dar el permiso de mirar los ‘claroscuros’, hoy, en este espacio vamos a recular.
Así como hay ideas equívocas que traspasan de la práctica deportiva a la vida misma, podemos claudicar frente a lo intempestivo de nuestro mundo actual.
Nos hemos acostumbrado -particularmente lo veo en las generaciones más jóvenes- a los éxitos tempranos, la prisa por el producto, la fama a partir de los ‘seguidores’ y muchas vidas que se sustentan a partir de la conversación digitalizada. Por lo que acá sí, vale la pena acudir a una enseñanza deportiva.
Entre esos conceptos que han transmutado se encuentra uno que dicta que la vida es algo así como un maratón: a fin de cuentas, una práctica de resistencia. Conlleva todos aquellos conceptos que ahora hemos banalizado pero que tienen un trasfondo de verdad demoledor; resiliencia, ímpetu o adaptabilidad. Así como en los maratones.
Basta con prepararse para un maratón (o, reitero, cualquiera que sea nuestra actividad y que implique eso que conceptualiza la resistencia) para entender que, incluso, no siempre vamos a tener el control. Y que esas ‘nuevas generaciones’ deberán de acudir cada cierto tiempo a la hidratación, el recalcular el pace, la ruta o a entender las sensaciones que nos dicta el cuerpo. Claro, todo acá es una metáfora, pero los años y la práctica -a cambio de nosotros los necios- entienden muy bien de ellas.
El tránsito de la vida puede que se rija justamente por esto: a partir de practicar y vivir lo que nos llena (de manera profesional o personal) podemos sobrellevar nuestra propia carrera, de esas en las que la velocidad o el ritmo resultan lo menos importante. Más bien, se trata de centrarnos en el autoconocimiento, en el replanteamiento de nuestras ideas, el redireccionar, o incluso, si queremos, como gestores de nuestra acostumbrada rebeldía, que no siempre está tan mal.
Hay que romper el protocolo: a pesar de no llamarme (o quizá ‘llamarnos’) un seguidor de los conceptos del positivismo (que le ligaría a la toxicidad) o de las metáforas deportivas ante la vida, por esta ocasión vale la pena recular; si vemos la vida como un maratón entenderemos, por fin, que todo proceso lleva sus rasgos de calma, sus erupciones, o su aprendizaje y sus altas dosis de paciencia. No podemos llegar a la meta en tiempo récord, porque si así fuera, ¿qué chiste tendría vivir?