León, Guanajuato.- Todos los días observa despedidas, escucha el llanto de familias que pierden a un ser querido y realiza labores que para muchas personas serían difíciles de enfrentar. Para Juan Carlos Rentería Mendoza, quien comenzó su trayectoria como sepulturero en el Panteón San Nicolás y actualmente se desempeña como analista técnico, la muerte forma parte de una rutina que ha marcado su manera de entender la vida.
Su historia en este cementerio comenzó en 2001, cuando tenía aproximadamente 31 años. Antes trabajaba en la elaboración de bolsas para dama y buscaba una oportunidad laboral. Un conocido le comentó que había vacantes en el área de Panteones, por lo que decidió acudir a la Presidencia Municipal para preguntar.
Aunque inicialmente no imaginaba cómo sería desempeñarse en un cementerio, terminó incorporándose al equipo. A los pocos días ya participaba en la entrega de restos, una actividad que lo enfrentó a una realidad muy distinta de la de su empleo anterior.

“Cuando llegué a Panteones, a los tres días luego me pusieron a entregar restos”, recuerda.
Con el paso del tiempo también realizó inhumaciones y exhumaciones, además de otras labores necesarias para el funcionamiento y mantenimiento del lugar.
Al principio, presenciar los sepelios era una experiencia que le provocaba tristeza. Sin embargo, después de tantos años de realizar estas actividades, aprendió a separar su trabajo del dolor de las familias.
No obstante, eso no significa que todas las historias le resulten indiferentes. Hay situaciones que todavía le afectan, particularmente cuando se trata de niñas y niños que pierden a sus madres a temprana edad.
“Lo que me conduele son como los angelitos”, explica. Esa sensibilidad también está relacionada con una experiencia familiar, ya que perdió a una hermana que dejó hijos pequeños, por lo que reconoce que los casos de menores que enfrentan una pérdida de esa naturaleza le resultan especialmente difíciles.
Cuenta que, con los años, la convivencia cotidiana con las sepulturas y las enfermedades que llevan a las personas hasta el cementerio lo han hecho reflexionar sobre su futuro y la fragilidad de la vida.
Entre los relatos que permanecen en su memoria está el de un recién nacido que, según le contaron sus compañeros, fue llevado al Panteón San Nicolás en 2004, después de que lo dieran por muerto en un hospital.
Don Carlos recuerda que el servicio ya estaba preparado y que el personal se encontraba en el comedor cuando ocurrió algo inesperado.
“Cuando iban a sepultarlo, a bajar la caja al piso, despertó, lloró”, relata.
Los familiares lo sacaron de inmediato del ataúd y salieron del cementerio para llevarlo nuevamente a una clínica. De acuerdo con el relato que el trabajador conserva, el pequeño permaneció con vida durante tres días, pero posteriormente falleció.
El trabajo dentro del cementerio también lo ha puesto en contacto con objetos que algunas personas dejan como parte de prácticas relacionadas con la brujería o las llamadas limpias.
Durante las exhumaciones, asegura haber encontrado figuras de cera con hilos y alfileres, algunas enterradas en pequeños espacios de tierra. También menciona bolsas con restos de animales, frascos con alcohol y fotografías.
El trabajador explica que, cuando encuentra estos objetos, procura retirarlos del lugar. En el caso de las figuras de cera, señala que suele quemarlas; otros materiales son desechados para evitar que permanezcan en las tumbas.
Aunque reconoce que estas situaciones pueden resultar extrañas para quienes no están familiarizados con ellas, asegura que no le provocan miedo.
“Hasta la fecha nunca me ha dado miedo agarrar una brujería”, afirma.
No obstante, distingue estas prácticas de los relatos sobre supuestos fenómenos sobrenaturales que algunas personas dicen haber escuchado en el panteón.
A lo largo de los años, Rentería Mendoza ha escuchado historias de guardias que aseguran haber oído lamentos o llantos durante la madrugada, como si alguien estuviera celebrando un sepelio dentro de alguna tumba.
Sin embargo, aclara que él no ha tenido experiencias sobrenaturales propias. Los relatos que conoce provienen de otras personas que han trabajado durante la noche y que aseguran haber escuchado sonidos extraños en determinados sectores.
Después de más de dos décadas en el cementerio, Juan Carlos Rentería Mendoza ha conocido distintas formas de despedir a una persona, ha escuchado historias que permanecen entre los trabajadores y ha visto cómo algunas sepulturas dejan de recibir visitas.
Durante sus recorridos, ha observado que algunos espacios permanecen sin flores ni veladoras, especialmente aquellos donde descansan personas fallecidas hace varias décadas y cuyos familiares ya no acuden o también han muerto.
Calcula que alrededor de un 30 por ciento de las tumbas de algunas zonas puede permanecer sin visitas durante temporada de Día de Muertos. Se trata, en muchos casos, de sepulturas antiguas, algunas con entre 60 y 90 años de existencia.
Ante esa situación, el trabajador procura colocar pequeñas macetas de cempasúchil en algunas de las tumbas que encuentra solas cuando llegan las flores para la temporada.
“Yo les pongo una macetita a cada tumba”, explica.

Para él, una flor o una veladora puede hacer una diferencia en la apariencia de esos espacios que, con el paso del tiempo, han quedado fuera de las visitas familiares.
“Yo digo que sí, que deberían todas tener siquiera una veladora, una flor”, comenta sobre las sepulturas que permanecen sin ofrendas.
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