En el encontronazo del aparato federal y estatal, los conservadores de Guanajuato se vieron más diestros que sus opositores. Morena tuvo a su alcance la gubernatura, lo que mantuvo nerviosos durante meses a los mandones del PAN, pero las urnas fueron implacables: sólo conquistaron unos centímetros más de poder en algunas regiones y en el Congreso Local. Dicho saldo es producto de sus interminables y enfermizas disputas internas, de su incapacidad para construir un partido más estructurado en cada uno de los municipios, y de no haber sido una oposición solvente frente al gobierno de Diego Sinhue Rodríguez.

También abonó a su derrota que en el umbral de las campañas otra vez repartieron territorios y candidaturas entre sus facciones al modo de las mafias que se entregan “plazas”, llevándolos a despropósitos como la designación en la capital de un candidato señalado como deudor alimentario, o al sainete indigenista con Barbara Botello, entre muchas decisiones erráticas. Igualmente, ya en la contienda, fue evidente su falta de sagacidad para conseguir que Alma Alcaraz se metiera en las emociones sociales con fuerza propia, fueron ineficaces y lentos para reinventar sus estrategias ante los reflejos mostrados por sus adversarios -durante tres décadas amos y señores de estas tierras- quienes de inmediato supieron desarmarla, ganándole la consigna de destituir al fiscal, al secretario de seguridad, causándole estragos con recursos propagandísticos (desleales) muy envenenados, como el de hacerla parecer ante los electores forastera en esta entidad (Yulma Rocha, candidata de Movimiento Ciudadano, se aproximó a un discurso crítico con más frescura y aterrizaje que la morenista).

Es inexacto pretender encubrir su derrota en la gubernatura con el asedio violento que acusan y con el uso de las tarjetas rosas, eso es solo parte de múltiples factores que tendrán que discernir, pero como argumento decisivo no se sostiene, ante el hecho de que, en miles de casillas, los ciudadanos y ciudadanas, por primera vez y de modo masivo, diferenciaron su voto en lo estatal y en lo federal. Esa justificación también se les cae ante la sonada victoria de Ricardo Sheffield sobre Miguel Márquez por el senado, que de paso exhibió la falaz propaganda de años emanada del propio ex gobernador, vendiéndose como el nuevo tótem del panismo local.

Libia García no atravesó el lago sin mancharse de lodo, porque el aparato gubernamental que sostuvo su candidatura recurrió a variadas marrullerías en la operación en tierra, y en su pragmatismo sin contenciones ella misma llegó al extremo de elogiar a indefendibles priistas y perredistas.  Sin embargo, en la última fase de su campaña, más por sus cualidades personales, consiguió sembrar en el electorado la confianza de que su gobierno revisará cosas que no funcionan bien (lo cual falta ver si cumple). Será la primera gobernadora mujer, su triunfo tiene el mérito de haberlo conseguido en un contexto de desgaste y caída de su partido, en un momento en el que las mayorías no están del lado de la derecha, con una elite económica y un clero católico que ya no fueron factores decisivos para su triunfo como antaño, de que las presidencias estatal y nacional del PAN las ocupan dos políticos de la más baja ralea, de que se impuso sobre el agravio de la inseguridad, de los desaparecidos, de la impunidad, de la corrupción que existe en el engranaje panista y de que la votaron a pesar de la  mediocridad mostrada durante el sexenio por el gobernador, que luego del 2 de junio ha vuelto a divulgar sus simplistas interpretaciones declarando que se trató de un resultado motivado por los programas sociales.

Aunque Diego Sinhué se auto elogie afirmando que no hizo tan mal las cosas y que por eso ganó Libia, al contrario de la elección presidencial donde tuvo un peso específico la figura del presidente, aquí la imagen del gobernador no fue una variable a favor. Y no podría serlo cuando lo que siempre proyectó fue una imagen de abandono del ejercicio de su responsabilidad, de ser un chavo leones de Barrio Arriba, apenas de mediana inteligencia, que circunstancialmente encontró una puerta hacia los fulgores del dinero y a los privilegios del poder, pero además, muy dado a recurrentes ligerezas declarativas, como esa de asegurar que hay ocho alcaldes electos ligados al narcotráfico en el estado.

Para quien tiene a su servicio un séquito de propagandistas es sencillo manipular a las audiencias trepándose a un falso púlpito de la pureza, pero es el menos probo para lanzar homilías contra esos flagelos, pues se trata quizás de uno de los gobernadores más grises en la historia contemporánea de Guanajuato, que además rehuyó su deber de enfrentar en serio la corrupción, la inseguridad, la delincuencia.

Estos seis años pude documentar, en múltiples entregas periodísticas, cómo en la región noreste Diego Sinhué consintió redes de corrupción al amparo de las instituciones públicas, lideradas por sus alfiles en la zona. Luego, para estas elecciones, tejió alianzas y otorgó candidaturas a algunos de los políticos más indecentes del rumbo.

Hacia la sierra gorda, la frivolidad de su gobierno también se manifestó sin disfraz con el derroche millonario que autorizó para convertir la casa de visitas de Xichú en la más ostentosa del poblado, la cual estrenó en octubre junto a Marko Cortés. Esa ocasión, una veintena de policías los escoltaban y se hizo acompañar de varios chefs para no consumir la comida local. Su destino era El Platanal donde, junto a sus invitados, suele mojar sus pies ataviado con lentes de sol.

(En las inmediaciones de ese sitio ecoturístico desde hace días está vivo un incendio tan grave que un helicóptero de la fuerza aérea ya se sumó a las labores. ¿Diego Sinhué ya enviaría sus chefs para que alimenten a los brigadistas?).