Los afectos tienen importancia capital para el desarrollo armónico de la sociedad. Cultivar a la par el lado racional, es uno de los quehaceres fundamentales de la educación. Empero, no solamente se tiene que lidiar con lo esencial de la naturaleza humana, sino también con la circunstancia en la que se desenvuelve. De ahí la importancia de cohesionar las acciones para que el ser humano, entendiendo su natural diversidad, pueda hacer vida social y en ese entorno desarrolle su capacidad creativa.

La sociedad en que vivimos, es fruto de su antecedente el ejercicio autoritario del poder, que se asiente en el miedo y la violencia. Estos dos factores, han servido a través de la historia de la especie, para someter, gobernar o domesticar a los distintos grupos humanos.

Las religiones tuvieron como propósito, entre otros, lograr los objetivos del poder, por la persuasión de que era conveniente someterse a leyes de origen divino; así vivió la humanidad conocida durante siglos; luego fue el culto a la nación lo que estableció vínculos tan poderosos que logró consolidar imperios y autoridades de resoluciones inapelables.

El desarrollo de la sociedad industrial contemporánea, con el desarrollo del capitalismo al lado, originó un desarrollo espectacular de la ciencia y, con la aplicación de ésta, avances que a quienes vivimos desde la mitad del siglo 20, nos mantiene de sorpresas en sorpresa.

Empero, el desarrollo afectivo no ha sido paralelo al racional y, sus avances, nos hacen pensar en la propia aniquilación de la raza humana. Se creyó, que sería una guerra o alguna peste; también en el fenómeno climático. Pero, tal parece, que la propia naturaleza se ha colocado a la cabeza de los peligros mortales. Probablemente tomemos conciencia, de que, en la actualidad, las nuevas generaciones hemos encontrado una forma de auto aniquilación, fomentando desde la temprana edad, una tendencia conductual bivalente: al homicidio y al suicidio.

Alentamos a mujeres y varones, desde la infancia, a cometer el asesinato; y a la vez, que estamos dispuestos a matar, lo estamos también a ser asesinados. Suicidio como consecuencia del homicidio, ha vuelto a sectores vastos de la human[1]dad, víctimas de una vorágine de pasiones que nos llevan a la autodestrucción.

Evitar la confrontación sin límites en las ciudades, las calles, las plazas y los hogares; sin respeto por la vida, la integridad material, física y mental, nos ha sumido en una crisis tan profunda, de la que es imperioso salir, ahora que aún podemos darnos cuenta, de la verdad, que salvando a los demás, nos lograremos como entidades emocionales y racionales.

Somos, en lo más general, materia que ha tomado conciencia de sí misma; ello es el motor de nuestra evolución; anular esa cualidad, nos haría responsables, ante el real peligro, de un final lamentable.

¿Será verdad que estamos empeñados en fomentar el odio al prójimo? Hagamos un recorrido crítico por nuestro entorno.