Ciudad de México, México.- A veces uno siente que hay cosas que no cuadran. Vas siguiendo las noticias económicas, lees que el petróleo se mantiene estable, incluso con ligeros retrocesos, y todo apunta a que el contexto internacional no está especialmente tensionado… pero entonces vas a repostar y el precio vuelve a subir. Otra vez. Y ahí surge la pregunta inevitable: ¿qué está pasando realmente?

La explicación, como casi siempre en economía, no es tan simple como mirar el gráfico del crudo. De hecho, este tipo de situaciones son un buen ejemplo de cómo el precio final que paga el consumidor puede desconectarse por completo del mercado del petróleo y gas, algo que llama la atención de analistas e inversores que siguen de cerca el sector energético.

Una tendencia rota cuando nadie se lo esperaba

Después de varias semanas consecutivas de descensos en los precios de los carburantes, la sensación general era de cierto alivio. Los precios habían retrocedido hasta niveles incluso inferiores a los previos a la guerra de Ucrania y todo parecía indicar que, al menos a corto plazo, el escenario estaba bajo control.

El barril de Brent, una de las principales referencias internacionales del petróleo, se movía con relativa calma en una horquilla de entre 60 y 65 dólares. Sin sobresaltos, sin picos de tensión. Un contexto que, en condiciones normales, no justificaría subidas en el surtidor. Sin embargo, el giro llegó de golpe: la gasolina subió un 0,28 % y el diésel un 0,29 %, rompiendo una dinámica que muchos ya daban por consolidada.

Cuando los impuestos pesan más que el crudo

Aquí es donde entra en juego un factor que suele quedar en segundo plano cuando se habla de precios energéticos: la fiscalidad. En muchos países, una parte muy significativa del precio final de un litro de combustible corresponde a impuestos, tasas y cargas regulatorias, que pesan tanto o más que el coste de la materia prima.

La clave está en que estos impuestos no se ajustan al ritmo del mercado internacional. Son fijos o proporcionales y se aplican independientemente de si el crudo sube o baja. Por eso, aunque el petróleo se mantenga estable, cualquier ajuste fiscal se traslada casi de forma inmediata al consumidor.

Desde el 1 de enero, determinados cambios impositivos han empujado al alza el precio final del combustible. No ha sido un movimiento del mercado global, sino una decisión interna que altera el resultado final en el surtidor, generando esa sensación de incoherencia entre lo que se lee en las noticias económicas y lo que se paga al repostar.

La interacción entre política, mercados y trading

Desde una perspectiva financiera, este fenómeno resulta especialmente revelador. El precio del combustible refleja mucho más que la simple relación entre oferta y demanda de crudo. Las decisiones políticas introducen distorsiones que alteran toda la cadena de valor. Para analistas y traders, estos momentos de desconexión son señales que merece la pena observar con atención.

Cuando el petróleo permanece estable pero el precio final se mueve, el mensaje es claro. El factor determinante ya no es la materia prima, sino el entorno regulatorio. En estos escenarios, el foco se desplaza hacia los márgenes, el refino, el transporte y las expectativas fiscales, variables que suelen anticiparse en los mercados antes de que el impacto llegue al consumidor.

Desde el punto de vista del trading, entender estas dinámicas permite interpretar mejor por qué ciertos activos energéticos se mantienen estables mientras otros reaccionan de forma distinta, incluso sin cambios visibles en el precio del barril.

¿Estamos pagando menos que hace un año? Técnicamente sí, pero…

Es cierto que, en comparación interanual, llenar el depósito sigue siendo algo más barato. En términos generales, el coste medio de un depósito hoy es inferior al de hace un año, y el dato es correcto. Pero también es incompleto.

La pregunta más relevante es otra. Si el petróleo ha bajado de forma notable en los últimos meses, ¿por qué ese alivio no se ha trasladado con más claridad al consumidor? La respuesta vuelve a apuntar al mismo lugar: la presión fiscal actúa como un freno que absorbe buena parte de ese margen teórico.

Para quien observa el mercado con mentalidad inversora, esta diferencia entre precio del activo y precio final es clave para no sacar conclusiones erróneas a partir de un solo gráfico.

El precio como herramienta

Cada vez resulta más evidente que los impuestos sobre los combustibles cumplen también una función estratégica. La llamada “fiscalidad verde” busca encarecer progresivamente el uso de combustibles fósiles para incentivar la transición energética, independientemente de la evolución del crudo.

Para los inversores, este escenario implica que incluso en fases de volatilidad del precio del petróleo relativamente contenida, el comportamiento de los activos vinculados a la energía puede verse influido por factores regulatorios y fiscales, convirtiendo al sector en una opción de análisis complementaria a la simple evolución del barril.

Qué margen nos queda como consumidores y observadores

Como consumidores, las opciones son limitadas. Reducir desplazamientos, optimizar el uso del vehículo o buscar alternativas cuando sea posible. Sin embargo, como ciudadanos y como observadores informados de la economía, entender qué parte del precio responde al mercado y cuál a decisiones políticas resulta fundamental.

Porque no es lo mismo una subida provocada por tensiones globales que un incremento aplicado en un contexto de estabilidad del crudo. Esa diferencia, aunque a menudo pase desapercibida, explica por qué el petróleo puede permanecer tranquilo mientras el precio en el surtidor sigue sin dar tregua.