Villagrán, Gto.- Desde que el sol apenas asoma, la comunidad indígena de Suchitlán, en Villagrán, comienza a transformarse. El sonido de los tambores y la música tradicional anuncia que es martes de Carnaval, el último antes del Miércoles de Ceniza, y que las danzas ya vienen en camino para rendir honor a la Santa Cruz.
A esta festividad, además de habitantes del municipio de Villagrán, también llegan de Cortazar, Celaya, Salvatierra, Tarimoro e incluso de estados vecinos como Querétaro y Michoacán.

No es una fiesta improvisada. Es una tradición que, según integrantes de la Mayordomía de La Santa Cruz tiene más de cien años y forma parte de Los Paspaques, el carnaval indígena que culmina justo antes de iniciar la Cuaresma.
Desde temprano, las danzas arriban al templo de la Santa Cruz, siendo alrededor de 15 grupos, muchos provenientes de comunidades de Villagrán y zonas cercanas; muchos de los danzantes llegan sin invitación solo movidos por su fe sin cobrar un peso por su participación.

Mientras los danzantes cumplen su promesa, vecinos y familias se organizan para algo que también es tradición, regalar comida y agua. “Aquí se les atiende porque vienen a honrar a la Santa Cruz, nosotros como mayordomos invitamos a algunos danzantes pero muchos llegan movidos por su fe, aunque ponemos lonas a fuera del atrio otros bailan bajo el rayo del sol”, comentan.
La fiesta inicia formalmente desde el domingo previo, cuando participan las dos mayordomías la de la Santa Cruz y la de las Ánimas Benditas. Cada una tiene su día especial. Hay intercambio de ofrendas, la mayordomía saliente entrega atole dulce y panes en forma de pato; la entrante ofrece una canasta de fruta. Por la tarde se realiza una reseña en el jardín, donde se encuentran entre música, flores y veladoras.

Uno de los momentos más simbólicos es la “remuda”
Uno de los momentos más simbólicos es la “remuda”, (momento ceremonial en el que la mayordomía saliente entrega formalmente su cargo a la mayordomía entrante), cuando en el kiosco se entregan imágenes, se lanzan dulces al público y se hace un recorrido dejando flores y veladoras en puntos específicos del jardín. Después, ambas mayordomías suben al templo, formadas del uno al 22 cada número representa un brazo y se realiza la reseña final, donde la saliente entrega un collar de pan a la entrante y la entrante, un collar de fruta a la saliente.
Además, comentaron que este año, no hubo cambio de mayordomía. Desde 2024 son las mismas personas quienes mantienen viva la organización, pues no ha surgido un nuevo grupo que asuma el cargo. Tradicionalmente, la mayordomía saliente colocaba pólvora y la entrante contrataba la música; ahora algunas de esas prácticas se han ajustado ante la falta de relevo.

También las costumbres evolucionan. Antes, el jardín terminaba cubierto de harina y cascarones de confeti; hoy los danzantes se pintan con pintura vegetal. Este año incluso se prohibió que se pintaran en el jardín recién rehabilitado.
Tras visitar el templo y recibir la bendición que se otorga a quienes dejan una limosna voluntaria destinada al mantenimiento del recinto las familias salen al jardín para disfrutar la tarde. Niños corren entre los puestos, adultos conversan bajo la sombra y los músicos siguen animando el ambiente.
