Como todo niño, lo que más me gustaba de la escuela era el recreo, sin lugar a dudas.

Al ingresar al ciclo escolar, las respectivas lluvias hacían crecer el pasto de los grandes patios traseros donde solíamos jugar futbol. Pero cuando digo hacían crecer hablo en serio. En algunas zonas el pastizal podía alcanzar la altura de nuestras cinturas.

Los primeros días era difícil jugar con un terreno así. El balón no rodaba. Había que chutarlo sobre el zacate. A pesar de esas incomodidades nunca esperamos a que se secara con la llegada del otoño. Eso era mucho esperar. Con entusiasmo entrábamos a la cancha. Las primeras semanas se convertían en una combinación de futbol, escondidillas entre la maleza (desde donde se podía robar el balón al contrincante), o simple y sencillamente nos lanzábamos cual luchadores en esa superficie acolchonada, olvidando por un momento la pelota.

Otro juego instituido y que tenía una pequeña dosis de riesgo, razón por la cual activaba nuestra amígdala cerebral, esa estructura que nos mantiene atentos al peligro y que funciona como sistema de alarma para activar el cortisol, la hormona del estrés que permite aguzar los sentidos, consistía en atar dos manojos de hierba, haciendo un puente donde cupiera perfectamente un pie, el cual quedaba oculto entre la maleza; de tal manera que mientras corríamos tras la pelota, alguien metería el pie en dicha trampa y se tropezaría. Esto solía traer dos consecuencias: ventaja para el equipo que se quedaba con un jugador de más por unos segundos, y las risas de todos (el caído incluido).

Recuerdo que en general aquel que al caerse activaba las risas de los demás, no vivía con desagrado ni humillación la experiencia. Esto era así, gracias a que se trataba de una experiencia con acuerdos y códigos compartidos: todos sabíamos que en algún momento alguien armaría una trampa con el pasto; lo que no sabíamos era cuando ni en qué lugar; por eso teníamos que jugar con un ojo al balón y otro al piso. Además, las risas no eran de burla, sino una reacción espontánea acompañada del auxilio inmediato al compañero.

De hecho, esas “trampitas de pasto” tenían una utilidad colectiva: su desarme se convertía en una poda del terreno: cada vez que alguien metía el pie, el manojo de hierba se deshacía y el piso iba quedando con un pasto más corto o rasurado.

Eran tiempos donde una primaria pública no contaba (ni siguen contando) con servicio de jardinería, ni herramientas para podar las canchas. De hecho, estos espacios no eran canchas, sino un simple espacio donde improvisábamos el respectivo terreno de juego, haciendo de los troncos de dos árboles una portería y colocando dos piedras para hacer la otra portería en el extremo opuesto.

En la actualidad cada época de lluvias que hacen reverdecer la tierra y activar el preticor (el olor a tierra mojada), evoca recuerdos de una infancia que me hace reflexionar acerca de lo que es bueno en esa etapa de la vida: el juego libre sin regulación de las personas adultas, y el recreo, ese lapso de tiempo que las personas adultas les otorgan (a veces a regañadientes) a los niños y niñas.

Si supiéramos la importancia del recreo y el juego que ahí ocurre, daríamos más que 30 minutos a este lapso.

El investigador en el tema, Eduardo S. Bustelo nos habla de su trascendencia en su libro: El recreo de la infancia. Argumentos para otro comienzo:

“El re-creo —dice Bustelo— es la turbulencia, el bullicio, el correr, el griterío desestructurado y el juego en sus múltiples formas. Es un estado musical en el que la niñez se siente libre y en el que se diluye la negatividad del mundo derrotada por la alegría”. Eso era exactamente lo que experimentábamos al jugar futbol en aquel patio.

“Desde el re-creo, niños y niñas ven a los adultos como un sindicato de tristeza. En el re-creo, los movimientos son horizontales y comunicantes: es un estado igualitario de mínimas diferencias”. Además de las habilidades psicomotrices que el futbol nos aportaba, nuestro juego entre pares, sin la mediación de personas adultas, también posibilitaba la experimentación de la horizontalidad e igualdad en los vínculos, con sus respectivos beneficios para la vida.

“[El re-creo] es un tiempo esencialmente diacrónico y desestructurado: todo es discontinuo y desorganizado pues éstas son las instancias decisivas previas para poder crear. El re-creo es una situación imaginante, es libertad para poder imaginar, pero para imaginar ‘otra’ cosa”. En nuestro recreo, el hilo conductor era el futbol, pero, como dije antes, por momentos se intercalaba con las escondidillas, las trampitas, o la lucha libre. Si los padres nos vieran jugar se desesperarían por la “desorganización” aparente en la manera de practicar el futbol. Es que no jugábamos para ganar. Jugábamos para imaginar otra cosa, una diferente a la “cosa” competitiva en la que piensan los adultos.

“Cuando suena el timbre o la campana llega el momento de la libertad. Pero el re-creo no representa un mero paréntesis entre dos campanas sino un estado de tensión en donde la infancia busca ‘recrearse’ emancipándose de una transmisión totalmente sometida a la adultez. Acabado el re-creo, niños y niñas esperan intensamente el próximo ‘re-creo’. Su vocación primera es no renunciar nunca a la libertad”.

Sí, la campana de la salida de la escuela era el anuncio del recreo del día siguiente, el recreo, el gran estímulo para asistir nuevamente, el recreo, el espacio y tiempo que permitía crearnos y re-crearnos, razón por la cual tiene la misma importancia que el tiempo lectivo.