Alhóndiga de Granaditas: la historia de la masacre que quedó detrás del orgullo patriótico

Guanajuato, Gto.- La toma de la Alhóndiga de Granaditas, la celebración que convirtió una brutal masacre en un símbolo de orgullo, patriotismo y libertad. Este 28 de septiembre se conmemora un aniversario más de la toma de la Alhóndiga de Granaditas, que es considerado el primer gran triunfo por parte del ejército independentista de México, en ese momento liderado por el cura Miguel Hidalgo y Costilla.

Se trata de una fecha que se celebra con gran solemnidad y orgullo patriótico, sobre todo en la capital del estado de Guanajuato, y de la que durante muchos años se contó una historia que mitificó a los personajes que en ella actuaron, como Hidalgo, e incluso creando leyendas como la del Pípila, personaje que ha sido considerado ficticio por diversos historiadores. Pero la verdadera historia de lo que ocurrió ese día en la Alhóndiga está muy lejos de infundir orgullo.

La jornada que convirtió a la Alhóndiga en símbolo de la Independencia también dejó una masacre que durante años impactó la vida de Guanajuato.

Según las crónicas, se trató de una masacre tan brutal que “las paredes quedaron empapadas de sangre” y en el suelo “se entremezclaron en una masa informe la sangre, la carne, las vísceras y los huesos humanos”. Una masacre tan brutal que marcó la vida pública de la ciudad de Guanajuato durante muchos años. En castigo por estos hechos y la brutalidad mostrada ese día, las cabezas de Hidalgo, Allende, Jiménez y Aldama fueron colgadas durante casi una década en las esquinas de la Alhóndiga.

La toma de la Alhóndiga terminó en una masacre

Ese viernes 28 de septiembre de 1810, cuando la turba que acompañaba a Hidalgo logró ingresar a la Alhóndiga tras horas de sangriento combate, la gente se había resguardado ahí. Se “abrazaban unos a otros implorando inútilmente la clemencia de los vencedores, quienes comenzaron a matar a cuantos se encontraban, arrancaban a tirones la ropa a los moribundos o les echaban lazo al cuello con las ondas y los remataban a lanzadas”, describió el historiador Lucio Marmolejo. Hay relatos de cómo los miembros del ejército insurgente desnudaban a las personas, las amarraban de las manos o genitales y tiraban hasta desmembrar viva a la víctima.

Fue tal el horror que personas que presenciaron los hechos, como Lucas Alamán, quedaron traumatizadas durante muchos años.

La victoria insurgente del 28 de septiembre de 1810 terminó con cientos de muertos y una violencia que marcó durante años a la ciudad de Guanajuato.
La victoria insurgente del 28 de septiembre de 1810 terminó con cientos de muertos y una violencia que marcó durante años a la ciudad de Guanajuato.

“Desde toda la ciudad se descubría el fúnebre resplandor de las teas de ocote que alumbraban la terrible escena y se oían las exhortaciones de los eclesiásticos que auxiliaban a las víctimas y los lamentos de estas implorando misericordia. Muchos años han transcurrido desde entonces y nunca se ha podido debilitar en mi espíritu la profunda impresión que en él hizo aquella noche de horror”, escribió Alamán años después.

Según las crónicas de Lucio Marmolejo, a las 5 de la tarde terminó la acción, contabilizándose 105 españoles civiles muertos y casi el mismo número de soldados y oficiales del batallón. De las tropas independentistas no se supo el número real: “murieron muchos en casi 4 horas que duró el combate, ignórase el número porque los enterraron en la caja del río durante la noche y solo parecieron 53 que se enterraron a otro día en la parroquia y unos cuantos en San Sebastián”.

En la calle frente a la Alhóndiga, por donde anteriormente pasaba el río y que hoy lleva su mismo nombre, a unos metros de la Explanada, se encuentra una placa que indica la zona donde fueron enterrados gran parte de los miembros del ejército insurgente que perecieron ese día.

En la calle frente a la Alhóndiga, por donde anteriormente pasaba el río y que hoy lleva su mismo nombre, a unos metros de la Explanada, se encuentra una placa que indica la zona donde fueron enterrados gran parte de los miembros del ejército insurgente

Los cadáveres de los españoles y soldados que yacían en la Alhóndiga, sin ropa, pues los hombres de Hidalgo les quitaban hasta sus últimas pertenencias, “se condujeron desnudos llevándolos entre cuatro asidos de los pies y de las manos y a algunos arrastrándolos hasta el camposanto de Belén”.

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