Todo queda en familia: Rogelio Moya se aferra al poder

No es el único político del noreste que ha echado raíces en una presidencia, pero sí está entre los más aferrados a seguir en la nómina, y uno de los pocos cuya carrera ha tenido el manto protector de un alto jerarca católico. Por veinte años ha mantenido el control real del PAN en el municipio de Santa Catarina—aunque en lo formal otros den la cara—, a la par de ejercer diversos cargos en la función pública; ahora es el alcalde y ya formalizó ante su partido su intención de reelegirse.

Quién sabe qué derroteros habría tomado sin el cobijo de su tío, Monseñor Rogelio Cabrera López —quien por edad ya solo espera la anuencia del Vaticano para retirarse—. Lo cierto es que en la intimidad de ese pueblo se sabe que, desde su infancia y adolescencia, ante circunstancias familiares de vulnerabilidad, el jerarca lo protegió, y su respaldo resultó fundamental para arropar su carrera política.

Para nadie es un secreto que la Iglesia católica en las diócesis del Bajío, y en la queretana que abarca la Sierra Gorda, ha estado unida al panismo durante esta larga época en que ha controlado todos los poderes en Guanajuato. Para 1991, cuando la derecha llegó al gobierno mediante el interinato de Medina Plascencia, el ahora alcalde tenía 12 años. Aunque cursó ingeniería mecánica y trabajó brevemente en una empresa, en 2007 ya estaba involucrado en labores partidistas; dos años después apareció en la boleta encabezando la planilla al ayuntamiento, aunque perdió frente a otra aspirante eterna del PRI, Petra Barrera Barrera. Como dicen en las alcantarillas de la política, ganó perdiendo, porque a partir de ahí comenzó su larga lista de cargos públicos.

A Dios rogando y con el mazo dando…

Luego de años de observar los temas de interés público en esa alcaldía, puede aventurarse que Moya Cabrera ha sobrevivido tres sexenios completos, más el actual, no solo por la bendición clerical, sino por su habilidad para moverse en los entramados del poder.

Aparenta una imagen introvertida y de bajo perfil, pero es calculador. Cada vez que la grilla en la cúpula estatal del PAN se intensifica, acierta en estar cerca de los ganadores. Su estilo sin estridencias le ha favorecido para construir alianzas en la penumbra, acercarse a quienes toman decisiones y negociar espacios.

Tras su primer intento fallido por ser alcalde a los 27 años, parte del sexenio de Juan Manuel Oliva se desempeñó en la SEDESHU como “articulador” (figura con la que se encubre a los operadores electorales). Esto le dio acceso a funcionarios, redes de operadores, proveedores y contratistas, facilitando el aprendizaje de una de sus principales estrategias: construir clientela política a partir del conocimiento preciso de las familias y liderazgos comunitarios. Ante ellos proyecta una imagen de benefactor, ya sea gestionando apoyos estatales o repartiendo recursos municipales, bajo la lógica de que la persona beneficiada agradece un favor personal y no un derecho.

Su paso por distintos puestos le ha permitido estructurar y aceitar una red que incluye a migrantes en Estados Unidos, colaboradores locales y contactos regionales. Además, sabe cómo inducir las casillas mediante programas y subsidios en un reducido padrón distribuido en tan solo cinco secciones; por ejemplo, la que corresponde a la localidad de Paredes concentra el 15.17% de los electores, un peso significativo en contiendas cerradas.

A primera vista, Rogelio Moya no responde al estereotipo del cacique bravucón que con autoritarismo se impone en la serranía, pero tampoco muestra que su afán de monopolizar el poder persiga nobles propósitos. Comenzó joven y hoy, en su etapa adulta y con su manifiesta intención de reelegirse, confirma que no quiere soltar el cargo, frenando la llegada de opciones que refresquen la adormecida vida pública del poblado.

Por cierto, de este cacique discreto con temperamento y camuflaje como de seminarista, poco se sabe de su patrimonio: las páginas oficiales consultadas no lo transparentan.

Todo queda en familia: el clan Villa

Por si alguien duda de que en Santa Catarina el poder se concentra en unos pocos clanes y que integrantes de una misma familia llegan a cargos bien remunerados a través de distintos partidos —aliándose a facciones solo aparentemente contrarias—, aquí se relata este caso:

Edgar Hernández Villa fue secretario del Ayuntamiento de 2009 a 2012, cuando Petra Barrera se convirtió en la primera mujer alcaldesa del municipio por el PRI. Actualmente, también bajo las siglas de ese partido, se desempeña como regidor. Estudió Derecho en San Luís de la Paz.

Su hermano Sergio, egresado de la misma carrera pero en San Luis Potosí, fue contralor en el primer periodo de la exalcaldesa Sonia García Toscano y, en el siguiente, secretario del Ayuntamiento.

Entre los priistas locales se da por hecho que Edgar Hernández Villa encabezará la planilla en las próximas elecciones. Mientras tanto, entre sus adquisiciones que promueve como novedosas —pero que no son más que reciclaje panista—, Movimiento Ciudadano ya encarrila al otro hermano, Sergio, como su candidato para buscar la alcaldía.

Vaya escena cuando las autoridades electorales lleven notificaciones a estos dos presuntos candidatos: viven y ocupan el mismo domicilio a metros del jardín principal. Quizás tendrán que habilitar una puerta para recibir a los visitantes tricolores y otra para los naranjas. Y si por alguna cuestión orgánica hablan dormidos, habrá una casa en el pueblo desde donde emerja hacia la noche la voz de dos hombres que, en camas contiguas, sueñan con el outfit que usarán en su toma de posesión como alcaldes.

Habrá quien interprete esa circunstancia como una muestra de civilidad democrática, pero en este contexto no es más que otra prueba de que la política en el municipio es una ruleta atrofiada que cada tres años solo gira para regresar al mismo punto: las contiendas terminan siendo un espectáculo irrelevante porque todo queda en familia.