Atacar, amedrentar y hostigar desde un teclado y una pantalla: una realidad que poco a poco se normaliza entre los jóvenes.
Lo ocurrido recientemente en la Escuela de Nivel Medio Superior de Pénjamo, perteneciente a la Universidad de Guanajuato, es un ejemplo más de los niveles que alcanzan la violencia digital y de género.
Es un ejemplo también de cómo se normalizan estas conductas, de la inacción de las autoridades y de los huecos en el tan mencionado ‘debido proceso’.
Tras descubrirse un grupo en WhatsApp que distribuía contenido íntimo (integrado por estudiantes hombres y mujeres), la alumna que denunció el hecho y la profesora que la respaldó comenzaron a sufrir acoso y amenazas, incluso de muerte, por parte de los presuntos responsables.
El director de la preparatoria, Gerardo Fuentes Cordera, minimizó su reporte como si le hablaran de una travesura cualquiera.
La comunidad estudiantil se solidarizó con las víctimas a través de un paro que apresuró el diálogo con autoridades de la UG. La movilización reveló otros detalles indignantes.
El debido proceso
De acuerdo con una madre de familia que participó en la asamblea del pasado 14 de octubre, durante el acercamiento con el director Fuentes Cordera “se rio en nuestra cara. Dijo que él es la máxima representación de la Casa Estudios de Guanajuato en Pénjamo”.
Pero la prepotencia del director no es lo más grave. Lo preocupante, es que el episodio que detonó esta protesta no es un caso aislado.
“No es la primera vez que se alza la voz, esto fue la gota que derramó el vaso y todavía se ríen en nuestra cara, ¿por qué? porque saben que no va a pasar nada”, señaló la misma madre de familia. “Este sería el tercer paro”, reconoció Salvador Hernández, secretario general de la UG, aunque aseguró que en ocasiones anteriores las exigencias de los jóvenes “en buena medida” se solventaron.
La renuncia ‘simbólica’ de Gerardo Fuentes fue solo un paso. Sin embargo, estudiantes y padres reprocharon que los alumnos señalados como responsables sigan siendo parte de la comunidad estudiantil.
Actores cercanos a las autoridades de la UG, aclararon que los presuntos continúan las clases en modalidad virtual no como simple castigo, sino como medida cautelar, preventiva. La verdadera sanción, que podría llegar a la expulsión, se definirá tras las deliberaciones de la Comisión de Honor y Justicia, como parte del debido proceso.
Aunque no existe una denuncia formal ante el Ministerio Público, por la gravedad del caso la Fiscalía General del Estado investiga de manera oficiosa. Y por esta otra vía, la legal, sabemos que si los acusados son menores de edad, no recibirían la sanción ejemplar que sus acciones ameritan.
Ese “no va a pasar nada” de los padres de familia, encapsula el desaliento y frustración ante la violencia reiterada, minimizada, normalizada, y que podría escalar a una tragedia.
La creación del grupo que inició esta debacle ya es un delito, al que se sumaron las posteriores amenazas. El primer eslabón de estas conductas es el machismo, que se extiende a la reacción del ahora exdirector del plantel.
¿En cuántas escuelas estará sucediendo lo mismo? Los estudiantes de Pénjamo alzaron la voz en defensa de su compañera y su maestra, pero ¿cuántos más guardarán silencio por temor a represalias, por evadir conflictos, o hasta por falta de empatía?
Cayendo en las redes
Aunque la violencia digital y la violencia machista no solo provienen de los hombres, ciertos fenómenos culturales los engloban solo a ellos y son dignos de especial atención.
El pasado 5 de octubre, Elvira Concheiro, subsecretaria de Igualdad Sustantiva en la Secretaría de las Mujeres, hizo un llamado a fortalecer la iniciativa del gobierno federal, ‘Compromisos de los hombres por la transformación’. La estrategia, diseñada en especial para jóvenes, incluye un apartado sobre el acoso sexual y los discursos de odio en espacios digitales.
Aunque la intención es loable y sobre todo justificada, su alcance es cuestionable. El sector al que va dirigida no presta la misma atención a un panfleto, una conferencia o una charla de concientización, que la atención que presta a las redes sociales.
El creador de contenido identificado como @soyjohnnro, realizó un aterrador experimento. Abrió en Instagram una cuenta falsa, proporcionando datos y gustos promedio de un adolescente de 15 años. En menos de siete minutos el algoritmo lo condujo a videos de la llamada ‘machósfera’, esos sitios web que difunden ideas misóginas, abiertamente antifeministas y estereotipos de género que cosifican a las mujeres.
La ‘programación’ de las niñas es igual de nociva; @soyjohnnro hizo el mismo ejercicio generando el perfil falso de una adolescente. En dos minutos llegó el bombardeo de tutoriales sobre tareas domésticas y tips de belleza. Los contenidos aspiracionales podrían generar en esta edad crucial para el desarrollo emocional, inseguridades, dismorfia corporal e incluso hipersexualización.
¿Cómo se conecta todo esto con lo ocurrido en Pénjamo? Esta historia es otra prueba de que para los adolescentes (mujeres y hombres) las plataformas digitales se han convertido en un terreno ideal para ejercer bullying y acoso; para fundar comunidades donde compartir imágenes y videos de índole sexual o de violencia explícita, comunidades donde el odio los une. Se sienten protegidos por el anonimato, o por la sensación de respaldo y pertenencia que les dan esas redes que han construido.
El pasado miércoles la presidenta Claudia Sheinbaum firmó el ‘Decreto para garantizar entornos seguros para niñas, niños y adolescentes’, que prohíbe a las plataformas digitales exponer a este sector a contenidos como todos los mencionados en el párrafo anterior, o que promuevan las autolesiones, el suicidio, trastornos alimenticios… ¿La propuesta llega muy tarde? La pregunta es válida.
Aunque resulta esperanzador ver a los jóvenes defender sus derechos y tomar conciencia, están a la vez atrapados en un entramado de constantes amenazas virtuales, que podrían de pronto dar el salto a la realidad.
LO SUPERFLUO: Las nuevas generaciones tejen redes de apoyo contra la violencia que los amenaza.
LO PROFUNDO: También dentro de las nuevas generaciones se tejen redes nocivas que amenazan a su entorno.