Guanajuato, Guanajuato.- “Así es, orgullosamente momia para el mundo”, dice entre risas la mujer a quien en las calles del centro de Guanajuato ubican simplemente como “la señora de la canasta“, mientras acomoda los tocados de flores que carga en el brazo.
Su andar como comerciante no empezó con flores, sino con estambre.
“Vendía gorros tejidos con diseños de animales; mi marca era El Arca Zoológico y me dejaban venderlos aquí en el centro. Un día se me ocurrió hacer flores, por las de Frida. Hice ocho de fieltro; estaban medio feitas, no creas que bonitas, pero ese día las vendí”.

El salto a lo que hace hoy vino de familia.
“Después de un año, mi nuera les cambió el material; llegó de León y ya las traía en este raso. Empezamos a vender y ella se regresó a León porque trabaja allá, pero me dejó el material y me dejó su idea. Hace cuatro años empezaron a vender otras personas, pero la que trajo la canasta al centro fui yo y la que hizo este diseño de diadema”.
Llenar la canasta para estas fechas es una faena de meses.
“Todo el día le dedico, porque me levanto a las 6 de la mañana para empezar a hacer mi trabajo y termino a veces a las 11 de la noche. Este trabajo que hoy traigo aquí me ha tomado tres meses; bajaba y vendía una, dos o tres, me iba, compraba más materialito y le seguía”.
Tanto cortar y quemar tela para sellar los pétalos terminó por borrarle las huellas de los dedos.
“De mis manos, de recortarlas a mano y de estarlas quemando, ya no tengo huella, ya no pasa mi huella”, cuenta mientras muestra sus piezas, que van desde los 150 pesos por las coronitas para niña y 180 por las tradicionales, hasta los 400 pesos por las más elaboradas de Catrina.
Hubo una época en que la canasta se quedó guardada.
“Duré un año y medio sin venir a vender por situaciones personales y ya había dejado esto; me estuve empleando. Y cuando regresé porque a mi mamá le iban a hacer una operación, dije: ‘¿Esta cosa qué es?’. Agarré, abrí la canasta y me puse a llorar porque esto me ha dado todo desde hace ocho años. Este es mi trabajo de diez a doce horas diarias y me ha dado muchas satisfacciones a mí y a mi familia; y, más que nada, me llena saber que otras personas pudieron tomar la idea y también les está yendo súper bien con la cosa que yo empecé a vender aquí”.
Aunque vende en el centro de 5:00 de la tarde a 8:00 de la noche y aparece bajo el nombre de “La Vecina” en redes sociales, sus coronas han volado lejos.
“Se han ido hasta Canadá, se han ido a París mis diademas cuando yo era la única que las vendía; se fueron a España, a Estados Unidos. Y me llena el corazón saber que hace días me encontré a una persona que me compró hace cuatro años y regresó a buscarme para decirme: ‘¿Sabe qué, señora? Qué bueno que la encontré porque las que nos vendió están muy bien hechas'”.

Al despedirse, pide voltear a ver a quienes trabajan en la banqueta.
“Estaría bien que tomaran más historias personales, que pudieran entrevistar a más personas que andan aquí vendiendo, porque cada persona tiene una historia diferente. Está bien abrir el corazón para que otras mujeres se motiven a hacer algo diferente. Cualquier artesanía o manualidad que tú quieras hacer, todo se vende; nada más hay que ponerle el corazón a cada cosa que hacemos”.
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