Lo sabemos, es muy difícil decirles a los jóvenes cómo tienen que pensar. Es más difícil intentar hacerlo cuando se trata de personas inteligentes que están forjando su opinión en instituciones de educación superior. Es peor cuando se trata de hacerlo por la fuerza. Tienen su criterio y qué bueno que así sea. Si se sienten manipulados, se irritan, protestan y de ser necesario, se enfrentan a las autoridades para defender su punto de vista. Más que desobediencia estudiantil, ellos buscan la congruencia entre lo que dicen y lo que hacen. Eso está sucediendo en diversas universidades de los Estados Unidos en donde hay plantones pro-Israel y pro-Palestina.           

              En los últimos días, el mundo ha visto como las policías de diferentes ciudades entran al campus universitario, forcejean con los jóvenes, desalojan los campamentos de los manifestantes, después de que se desoyeran las advertencias que emitieron las rectorías en donde les ordenaban que se retiraran en forma pacífica o serían detenidos. Así desde la Costa Este hasta la Oeste, desde la emblemática Universidad de Columbia en Manhattan hasta la Universidad de California campus Los Ángeles, se pasó de la tolerancia a la intervención de las fuerzas armadas para lanzarlos de los campamentos. No sólo ahí, también en Harvard, Emory, Yale, Emerson y otras casi veinte universidades han atestiguado las manifestaciones que están galvanizando a la sociedad estadounidenses.

              Y, podemos imaginar la escena: policías con altavoces gritando advertencias contra los instigadores; jóvenes que se resisten y gritan en pro de una Palestina libre, otros que lanzan petardos a quienes están en contra de Israel. Avisos de dispersión y jóvenes que salen con las manos atadas con bridas de plástico, mientras los que pueden intentan defender sus bastiones siguen elevando barricadas metálicas, palos de madera, conos de tráfico o lo que se pueda.

              En la Oficina Oval, crece la impaciencia. Desde Washington, D.C. se muestra una creciente alarma en torno a la urgencia de alcanzar un alto al fuego en Gaza. Y, es que tal como lo decía John Kirby frente al Consejo de Seguridad Nacional de la Casa Blanca: “Simplemente, tiene que haber un acuerdo”. Más allá del panorama internacional, el tema se ha convertido ya en un elemento de política interna. ¿Es válido reprimir a jóvenes que exigen lo mismo que el sentido común demanda?

              Las negociaciones a favor de la paz no prosperan. La necedad de Netanyahu y la furia de Hamas los aparta. No hay una aproximación que les permita llegar a una zona de acuerdos. Estados Unidos presiona. Que los palestinos entreguen rehenes y los israelíes liberen a los presos retenidos para lograr una tregua en los combates. La radicalización de las posturas lleva a una brecha en la que ni la razón ni las buenas intenciones pueden con la furia. Lo que sucede en Gaza se refleja en territorio estadounidense. Las protestas contra la guerra se propagan entre los jóvenes más preparados de la Unión Americana.

              Y, mientras muchos analistas se sesgan para examinar la situación de Gaza como la pérdida de votos que este tema le puede generar al presidente Biden —cosa por demás muy cierta— a mí me parece mucho más relevante reflexionar en torno a las vidas que se pierden, a la orfandad de la guerra y a las razones que han llevado a que ese punto geográfico del territorio mundial sea una bomba de tiempo que la comunidad internacional se ha acostumbrado a tener activa.

              Las posturas neutrales se contrastan con el derecho a la libre expresión de las ideas, siempre y cuando estas manifestaciones sean pacíficas. El problema es que quienes se manifiestan en pro de Palestina son acusados de estar representando un acto de antisemitismo y no lo es, necesariamente. La brutal represalia militar emprendida por Benjamín Netanyahu contra la población civil en Gaza a raíz del ataque terrorista de Hamás polariza, claro. El punto común es la paz.

              Que los jóvenes con criterio no caigan en los chantajes que se generan de un lado y del otro, me parece loable. Las manifestaciones estudiantiles nos dan el pulso de las dimensiones históricas que tiene una situación tan inaceptable como la que se vive en Medio Oriente. Nadie debiera sorprenderse de la desobediencia estudiantil al ver las imágenes terribles que llegan desde esa parte del mundo. Más que desobediencia estudiantil, ellos buscan la congruencia entre lo que dicen y lo que hacen.