La Copa el Mundo ha sido históricamente el evento deportivo más influyente del planeta al paralizar naciones enteras cada cuatro años, habiendo registrado la final de Qatar 2022 una audiencia de 5,400 millones de personas, quedando por detrás de ella los Juegos Olímpicos de Verano, celebrado en París en 2024 con una audiencia de 4,700 millones de espectadores, seguido del Super Bowl, la final de la UEFA Champions League, el Tour de Francia, el Campeonato Mundial de Cricket, el Gran Premio de la Fórmula 1; el Torneo de Grand Slam de Tenis, La copa del Mundo de Rugby, la final de la NBA, entre otros, como el Boxeo o los Juegos Olímpicos de Invierno.

Por primera vez la justa mundialista no pertenecerá a un solo país sino a tres: México, Estados Unidos y Canadá. Esta configuración, inédita en la historia del futbol, no es únicamente una solución logística para un torneo más grande, sino un reflejo del mundo contemporáneo donde los grandes acontecimientos se articulan a través de alianzas regionales. En este sentido, el Mundial, al no centrarse en una sola sede, sino en 16 ciudades, se expande, se fragmenta y se multiplica, obligando a pensar el torneo como una experiencia itinerante donde el desplazamiento se convierte en parte esencial del espectáculo. En este contexto, la edición del mundial 2026 rompe varios moldes, siendo la primera vez que participarán 48 selecciones, ampliando con ello significativamente la representación global, y por tanto la posibilidad de otras naciones de disputar la copa, lo que convierte al Mundial en un espacio más incluyente pero también más exigente en términos organizativos. Esto significa que habrá más partidos, 104 en total, lo que se traduce en más aficionados, más mercados, representar para la Federación Internacional de Futbol Asociación (FIFA) una apuesta por la expansión de dicho espectáculo deportivo como modelo económico y político, e influyendo significativamente en como entendemos este ritual global, así como representar más presión sobre las ciudades anfitrionas.

En este contexto, México o cupa un lugar singular, convirtiéndose en el único país que ha sido sede en tres ocasiones tras los mundiales de 1970 y 1986, otorgándole una autoridad simbólica, así como una carga de responsabilidad. La inauguración prevista en el Coloso de Santa Úrsula no será sólo un acto protocolario, sino también una declaración de continuidad histórica, colocando al Estadio Azteca (estadio Banorte) en el centro de la narrativa global como escenario de momentos icónicos de futbol mundial. Sin embargo, y lejos de este simbolismo, se inscribe una realidad más compleja. Ser parte de la organización de un Mundial implica mucho más que disputar partidos, supone transformar ciudades, ajustar infraestructuras, garantizar seguridad y sostener una operación logística de enorme magnitud, requiriéndose para ello una modernización profunda en términos estructurales, comerciales y tecnológicos, junto a intervenciones en términos de movilidad, espacios públicos y zonas de convivencia para los aficionados, mismas que el Estadio Akron en Guadalajara, el Estadio BBVA en Monterrey y el mismo Estadio Azteca se encuentran llevando a cabo, tanto al interior del recinto como a sus alrededores, llevando a cabo mejoras en sus infraestructuras turísticas y urbanas, así como en el fortalecimiento de su conectividad y servicios.

En este sentido, los retos no son menores, siendo la logística uno de los desafíos más visibles. Trasladar a miles de personas entre ciudades, garantizar servicios eficientes y evitar colapsos urbanos exige una coordinación que pocas veces se ha logrado plenamente en eventos de esta magnitud, sumándole a lo anterior la cuestión de la seguridad, particularmente sensible en el contexto mexicano, donde la percepción internacional puede influir tanto como la realidad misma. Por tanto, el Mundial no solo debe ser seguro, también debe parecerlo. En el terreno económico, el balance es igualmente ambiguo. Si bien el torneo promete atraer turismo e inversión, también implica gastos considerables en infraestructura y operación. La pregunta que persiste es si los beneficios se distribuirán de manera equitativa o si quedarán concentrados en ciertos sectores y zonas. La experiencia de otros países sugiere que el legado de estos eventos no siempre cumple las expectativas iniciales.

Y es precisamente ahí donde emerge una tensión inevitable entre lo que se proyecta y lo que realmente se puede alcanzar. Hay obras que quizá no se concluyan en su totalidad, proyectos que quedarán a medio camino y expectativas que difícilmente se materializarán. No se trata de un fracaso anticipado, sino de una característica recurrente en este tipo de acontecimientos, donde la magnitud del evento supera, en ocasiones, la capacidad de ejecución. Y para muestra basta un botón, si usted estimado lector ha tenido la necesidad de trasladarse vía aérea utilizando el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México (AICM), se habrá dado cuenta que los trabajos de remodelación van muy por detrás de lo estimado, dejando en una suerte de indefensión a los pasajeros nacionales e internacionales ante la falta de personal que pueda asistir a los mismos en cualquier eventualidad que pueda presentarse. Esta desoladora combinación de obras inconclusas y personal insuficiente genera una profunda sensación de abandono y frustración que comienza incluso antes de llegar a su puerta de embarque. El viajero, que de por sí ya lidia con el estrés de los tiempos de vuelo y los controles de seguridad, se topa con un laberinto de desvíos improvisados, zonas clausuradas y andamios que parecen no moverse desde hace meses, desamparando al viajero ante cualquier contratiempo como un vuelo cancelado, una pantalla que no actualiza la información, una conexión perdida, una silla de ruedas que no aparece, un extravío de equipaje, identificar una sala, entre otros, al no encontrar personal a quién recurrir. Los pocos mostradores de información, cuando están atendidos, lucen filas interminables de rostros cansados y desorientados; el resto del tiempo, el pasajero se siente navegando a la deriva, ignorado por un personal que parece haber sido reducido a su mínima expresión. Esa indefensión se transforma rápidamente en impotencia y en molesta indignación, pues quien paga por un servicio esencial, el transporte aéreo, no solo ve comprometida su comodidad, sino también su capacidad para resolver los problemas más básicos en un entorno que debería ser eficiente y acogedor; situación que parece realmente extraña al ser la secretaría de Marina (SEMAR) la responsable de dichas instalaciones.

El Mundial de 2026 no es solo una fiesta del fútbol, es un espejo donde se reflejarán las aspiraciones de un país que busca consolidarse como actor global, pero también podrían revelarse sus limitaciones estructurales. México no solo será anfitrión de partidos, sino también será observado, evaluado y narrado desde múltiples ángulos. Cuando el balón comience a rodar, millones de miradas estarán puestas en la cancha, pero fuera de ella, en las calles, en los sistemas de transporte, en la organización cotidiana, se jugará otro partido, menos visible pero igualmente decisivo, un partido cuyo resultado no se medirá en goles, sino en la capacidad de convertir un evento efímero en una oportunidad duradera.

Lo seguiremos de cerca.