La educación es un peregrinar, la docencia es una actividad que busca iluminar ideas, formar personas, forjar cimientos para el progreso. Sé de lo que hablo porque he tenido la fortuna de dar clases desde que tengo catorce años. En aquel tiempo, solía vestirme con mucha seriedad y maquillarme para no parecer chiquita porque la mayoría de mis alumnos eran mucho más grandes que yo. Empecé dando clases de inglés y ahora sigo teniendo el privilegio de pararme frente a estudiantes universitarios. Hoy, todos mis alumnos son mucho más jóvenes que yo.
A lo largo de estos años, he visto la evolución e involución del aula. La figura del maestro se ha modificado. El espacio educativo se ha enriquecido con la tecnología y nuevos métodos pedagógicos y se ha empobrecido casi por las mismas razones. En muchos casos, los profesores nos hemos transformado de gente que da cátedra a personas que leen láminas de Power Point y los alumnos han dejado de ser curiosos que se han convertido en gente distraída que están más pendientes de sus pantallas que de lo que les pueda enseñar un maestro.
Educar debiera ser un proceso continuo en el que el profesor —una persona que tiene mayores conocimientos y decide compartirlos— se para frente a un grupo que quiere ser orientado, que está ahí para desarrollar sus habilidades intelectuales, físicas y morales. Ya lo decía Heidegger, educar es más que transmitir conceptos, es permitir que germine el conocimiento.
Enseñar es transmitir datos. Educar es moldear pensamientos, forjar hábitos, ayudar a que el educando tome decisiones informadas y desde un lugar correcto. El que enseña mete conocimientos, el que educa tiene como objetivo sacar jugo de la materia gris de sus estudiantes para que el conocimiento florezca. Nos dicen que educar es tarea de todos, pero veo muy poca preocupación para llevar a cabo esta tarea.
Reflexionar en torno a la educación es relevante en tiempos de inteligencia artificial. Hoy, los profesores enfrentamos el gran desafío de educar para que los alumnos puedan aumentar su corpus de conocimiento. Pero, hoy casi cualquiera puede acceder a programas de inteligencia artificial para hacer un ensayo, contestar un examen, diagramar un proceso.
¿Cómo vamos a formar a nuestros estudiantes? La educación en tiempos de inteligencia artificial está transformando radicalmente el proceso de enseñanza-aprendizaje. Exige pasar de la memorización a fomentar el pensamiento crítico. Hoy ya nadie se aprende de memoria ni los números telefónicos de sus seres queridos. Le hemos hecho hoyos a nuestra capacidad de recordar. No todo se debe aprender haciendo repeticiones hasta que quede fijo en el cerebro, pero hay muchos que sí. Hoy, los chicos fallan con las tablas de multiplicar o la geografía.
Los maestros necesitamos caminos para que nuestros estudiantes entiendan, analicen, apliquen la ética y la creatividad humana. Los docentes tenemos que integrar estas herramientas que nos pone a disposición el progreso como asistentes para personalizar el aprendizaje y automatizar tareas.
Nos han tratado de decir que la inteligencia artificial va a sustituir a los profesores, no lo creo. Una máquina no te escucha ni te siente, no cuestiona ni te forja. Por lo tanto, los profesores de verdad somos necesarios para sembrar la cimiente de la mejor raza humana.
Lejos de sustituir a los profesores, la inteligencia artificial debe ser usada como un amplificador de la creatividad y la inclusión en el aula. Claro que en términos de inclusión, estos progresos no son tan accesibles para todo el mundo y los maestros estamos aquí para hacer que los que tienen esa posibilidad sean más compasivos e incluyentes y quienes no los tienen puedan ser incluidos en vez de verse marginados.
Educar, por lo tanto, es este peregrinar para que los estudiantes aprender a usar sus recursos de inteligencia para ser mejores seres humanos. Un programa no podrá hacerlo jamás. La docencia es una actividad que busca iluminar ideas, formar personas, forjar cimientos para el progreso, no al revés.