Guanajuato, Guanajuato.- Para entender la historia del Parque José Aguilar y Maya durante las últimas tres décadas, no basta con mirar hacia el montículo o seguir la trayectoria de los batazos hacia los callejones de San Jerónimo; es indispensable alzar la vista a la cabina detrás de home. Ahí, entre cables de audio, libretas de cuadrícula y el micrófono, Guillermina Razo Casique ha dejado constancia de miles de juegos. Para la afición y los peloteros es simplemente “Doña Guille“, la mujer a quien el periodista Sergio “Checo” García Ledesma nombró “La voz del estadio” y que este 24 de agosto cumplió 30 años ininterrumpidos como compiladora y cronista del diamante capitalino.

La relación de Guillermina con este terreno no nació de la noche a la mañana, sino en su propia infancia. Originaria de Salvatierra, Guanajuato, llegó a la capital a los seis años cuando su padre, teniente del Primer Ligero, corporación que dio origen a las Fuerzas de Seguridad Pública del Estado, fue comisionado a la ciudad. La familia se instaló en el Callejón del Espinazo y después en los barrios de Pastita y El Cambio.
El béisbol venía en la sangre: su abuelo lo jugó, su padre entraba al campo en este mismo parque de San Jerónimo y sus hermanos siguieron la línea. De niña, al salir de la escuela, Guillermina corría al Aguilar y Maya con el uniforme puesto; los peloteros de los Tuzos le pedían mandados a cambio de cuidarle la mochila mientras ella veía los entrenamientos. Con los años, ella misma jugó torneos escolares y más tarde vio desfilar por el campo a su hija y a sus nietos.

Fue el 24 de agosto de 1996 cuando tomó la libreta de manera oficial. La llamaron para llevar los números de un campeonato de veteranos, se sentó en la mesa y ya no la soltó. Decidida a dominar las reglas a fondo, buscó a quienes sabían de estadística mayor. En León tomó clínicas con Esperanza Perea, la legendaria compiladora general de la Liga Mexicana de Béisbol (LMB), y después en Celaya afinó detalles con su sucesor, Félix Gaxiola. El rigor se notó pronto: en una reunión de directivas en el Hotel Paseo de la Presa, las dirigencias de la Liga Mexicana y la Liga del Bajío le reconocieron ser la única anotadora que entregaba sus hojas de juego completas, en tiempo y forma.
Ese rigor la llevó a ser la anotadora oficial en el Parque Aguilar y Maya
Ese rigor la llevó a ser la anotadora oficial en el Parque Aguilar y Maya cuando los Tuzos de Guanajuato compitieron como sucursal de los Leones de Yucatán en la Liga Invernal Mexicana durante la temporada 2015-2016, cubriendo además pelota semiprofesional y los circuitos locales. Por sus registros pasaron prospectos que alcanzaron la gran carpa, como un joven Ramiro Peña que jugaba con la filial de Sultanes de Monterrey antes de llegar a la tercera base de los Yankees de Nueva York, además de convivir de cerca con leyendas como Fernando Valenzuela, amigo cercano de su hermano.

El trabajo detrás del plato no fue sencillo. Antes de que remodelaran el parque y colocaran ventanales, la cabina era apenas un espacio abierto con una malla ciclónica vieja por donde se colaban los batazos: “Cuando era pura malla se pasaban las pelotas y le cabeceaba como boxeador. Compré de mi dinero un pedazo de malla mosquitera para tapar nada más donde yo me sentaba”, relata. A eso se sumaban las nubes de polvo y cal: “Antes no estoy cascada como los mineros”. Y cuando la lluvia inundaba la caseta, ponía una tabla de madera bajo los pies para no electrocutarse con los cables de la consola de audio.
Ante los reclamos de jugadores o mánagers que pedían marcar hit en lugar de error para cuidar sus números, Doña Guille aprendió a sostener su fallo como un ampáyer: “A mí me gusta ser neutral; ni perjudicar ni favorecer a nadie. Lo que yo veo, así se queda. Uno no viene a quedar bien, viene a cumplir con su trabajo con seriedad”.
Frente al uso de tabletas y programas digitales, defiende la libreta tradicional y advierte que hoy casi nadie quiere aprender el oficio con paciencia: “Una hoja te dice todo lo que pasó: los errores, el trabajo de los lanzadores, las jugadas de doble play. Ver una hoja es volver a vivir el juego completo”.
A tres décadas de su debut, como una de las pocas mujeres en el país dedicadas a la anotación oficial de forma ininterrumpida, Guillermina Razo no busca reflectores. Pasa los fines de semana de ocho de la mañana hasta el último out, firme frente al diamante: “Para mí es como si hubiera empezado ayer. Casi toda mi vida la he pasado aquí en San Jerónimo; este parque es mi primera casa”.
