Existe una obsesión por conocer las posturas políticas de las celebridades, y así abrimos la puerta al oportunismo
Al inicio del confinamiento por el Covid-19, la actriz Gal Gadot se encontraba en Italia. En su sexto día de encierro, vio en un balcón a un hombre tocar la trompeta y pensó en el poder sanador de la música. Así le surgió la idea de congregar a celebridades como Mark Ruffalo, Natalie Portman, Jimmy Fallon, Norah Jones, Pedro Pascal entre otros, para grabar un video donde todos cantaban ‘Imagine’ de John Lennon.
Mientras los sistemas de salud colapsaban, mientras la desigualdad social se acentuaba y la incertidumbre y el pánico se propagaban, la Mujer Maravilla pensó que su mensaje salvaría al mundo.
El video se viralizó, aunque no tuvo el impacto positivo que Gadot esperaba. Se interpretó como una forma de banalizar la crisis. Personajes sin ninguna preocupación económica, desde sus mansiones o casas de campo, ¿qué tanto podían ayudar con una canción?
Sin embargo, el público parece tomar a las celebridades como líderes de opinión, celebran o condenan sus opiniones políticas; sus acciones en la mayoría de los casos inútiles están motivadas más por el oportunismo que por un interés genuino.
El conflicto Israel-Palestina, los operativos antimigrantes en Estados Unidos, el feminismo, y algunos conflictos de nuestro país, han sido utilizados por muchos como trampolín de la popularidad y controversia.
Desde el privilegio
En última entrega de los Globos de Oro, Mark Ruffalo portó un pin en memoria de Renne Nicole Good, asesinada por un agente del ICE el pasado 7 de enero durante un operativo. Ruffalo llamó a Donald Trump “delincuente”, “pederasta”, “la peor persona del mundo”.
Aunque sus declaraciones fueron aplaudidas por muchos, otros tantos resaltaron que es muy fácil hablar desde el privilegio y al amparo de una industria millonaria sin arriesgarse a ser perseguido o quedarse sin trabajo. Mientras él alza la voz en una alfombra roja sin temor, cientos de personas que se atreven a alzar la voz en las calles son agredidos, arrestados, deportados o acribillados.
Ruffalo cuenta con una buena reputación dentro del medio, lo que aligeró las críticas. Y es que hay celebridades que han sufrido la ‘funa’ por ciertos antecedentes, y al manifestar sus opiniones son inmediatamente tachados de hipócritas.
En una rueda de prensa, un reportero preguntó a Jennifer Lawrence su opinión sobre la situación en Gaza. La actriz señaló que se trata definitivamente de un genocidio. Su respuesta fue sensata, pidió a la prensa y al público cuestionar a las personas correctas. “No dejen que los actores y los artistas que intentan expresar la libertad artística y de expresión paguen por los individuos que son los verdaderos responsables”. Lawrence se mostró cuidadosa al elegir sus palabras, tal vez porque sabe el lastre que carga. La ganadora del Oscar ha sido acusada de ‘tibia’ al no respaldar a sus colegas cuando estallaron las denuncias contra el productor Harvey Weinstein, que financió varios de sus proyectos.
También hay quienes defienden sus opiniones impopulares sin miedo a las consecuencias. Esta semana, la rapera Nicki Minaj apareció en un evento de la mano de Donald Trump y autoproclamándose su fan número uno. Las redes sociales se llenaron de amenazas de cancelación y mensajes de repudio. Sin embargo, el Internet olvida y perdona con rapidez, y es poco probable que la carrera de Minaj resulte seriamente afectada.
Puro performance
En nuestro país el vocalista de Café Tacuba, Rubén Albarrán, ha sido ridiculizado por sus acciones ‘antisistema’. En 2027, el intérprete decidió sacar de sus conciertos el tema ‘Ingrata’, por considerarlo violento hacia las mujeres (sin embargo, se le acusa de ser deudor alimentario). Para luchar contra el monopolio farmacéutico y la privatización de la salud, decapitó un muñeco del Doctor Simi que un fanático lanzó al escenario.
Rubén también rompió su credencial de elector, porque no cree en la democracia y los partidos políticos. Y hay más. Pidió a su disquera que retire el catálogo de Café Tacuba de Spotify, porque la plataforma invierte en armamento, abrió las puertas a la IA, y no otorga regalías justas.
Lo que molesta de Albarrán, es el alarde, la superioridad moral que exhibe en cada performance inútil. Es un David apedreando a un Goliat que, como dicen los jóvenes, “ni lo topa”.
Hablemos ahora de Rosalía. Su más reciente disco, ‘Lux’, recibió ovaciones por parte de sus seguidores y la crítica especializada. El talento de la española es innegable. Pero de pronto recurrió a la famosa frase “no me considero feminista, pero…”. La Rosalía se desmarcó, por comodidad decidió no ponerse una ‘etiqueta’ que podría afectarle en cuestiones de marketing. La incongruencia viene cuando también por fines de marketing habla de empoderamiento, de feministas que la inspiran, y se creó una imagen de transgresora en una escena dominada por hombres.
‘Feminismo pop’, le llaman, y ha sido utilizado por otras estrellas para hacerse notar cuando surge algún caso mediático o movilización contra la desigualdad de género.
No corresponde a actrices, actores, cantantes y otras figuras resolver los problemas del mundo, no están obligadas a adoptar este o aquel activismo. Es cierto que sus voces tienen mayor alcance, que existen casos positivos, que algunos sí usan su influencia para impulsar proyectos y causas benéficas. Hay creadores que visibilizan y denuncian injusticias y otros conflictos sociales a través de su obra.
Pero también es cierto que existe una obsesión por conocer las opiniones y posturas de las celebridades, que existen los oportunistas que atraen los reflectores a propósito, y que la farándula, el espectáculo, continúan teniendo un rol importante en el statu quo.
LO SUPERFLUO: Toda crisis social atraerá opinólogos de ocasión.
LO PROFUNDO: El poder de convocatoria favorece a veces a las personas equivocadas.