Maternidad, locura y justicia

En 1989 dos casos conmocionaron a todo México. En marzo de aquel año, en Veracruz, Evangelina Tejera asesinó a sus dos hijos y ocultó los cuerpos desmembrados en macetas. Un mes después, en Querétaro, Claudia Mijangos apuñaló a sus tres pequeños. Las semejanzas entre los casos aumentaron el morbo: ambas eran exreinas de belleza, ambas fueron diagnosticadas con problemas psiquiátricos; Evangelina cumplió parte de su condena en una clínica, mientras que Claudia pasó 30 años en prisión.

La primera condena fue la de la sociedad y los periodistas. ‘La Hiena de Querétaro’, apodaron a Mijangos. ‘Medea de carnaval’, llamaban a Tejera. Ningún argumento atenuó el repudio a las filicidas.

Más de 30 años después, la historia de Linsday Clancy acapara la atención a nivel internacional, pero un fenómeno aumenta la controversia: el debate sobre la depresión posparto y la salud mental, que han hecho dudar hasta dónde llega su culpabilidad.

Clancy, enfermera de 32 años, estranguló a Cora de cinco años, Dawson de tres y Callan de ocho meses el 24 de enero de 2023 en Massachusetts. En 2026 su juicio continúa. El objetivo de la defensa es que sea exonerada debido a sus padecimientos mentales. Pero tres vidas se perdieron de forma atroz y despiada, y no hay que perderlo de vista.

Las brujas

En 2024 la actriz y productora Elizabeth Sankey presentó el documental ‘Brujas’ (‘Witches’). Su experiencia personal es devastadora. Cuando su hijo tenía solo un mes, ambos ingresaron en una institución que atiende problemas de salud perinatal. Entre medicamentos y terapia Sankey convivía con otras mujeres y sus hijos, se acompañaban en el proceso. El temor de hacerle daño al bebé convenció a Elizabeth de tomar el tratamiento. “Intentaba recordar quién era antes, intentaba resistir la tentación de arrojarme delante de un coche”, confiesa.

‘Brujas’ lleva ese título porque tras una ardua investigación, la productora descubrió que los testimonios de pacientes en depresión posparto son idénticos al de mujeres condenadas a muerte por hechicería. Encontró un extenso archivo de confesiones voluntarias de mujeres que aseguraban escuchar voces en su cabeza, voces que les ordenaban matar a sus hijos o lastimarse a sí mismas.

Por supuesto, en los siglos XVI y XVII no existía el concepto médico de depresión posparto, que se consolidó hasta la década de 1970.

En la actualidad, tras la desestigmatización de los trastornos mentales, cada vez más madres se atreven a hablar del tema, desafían una presión social que poco se discutía; así lo describe Elizabeth Kansey: “la culpa y la vergüenza que muchas sentimos por no ser lo suficientemente buenas. La presión asfixiante que sentimos por ser perfectas”.

Sin embargo, ella contaba con los recursos y la información para tratarse, a diferencia de Evangelina Tejera y Claudia Mijangos.

La escritora y periodista Fernanda Melchor, escribió una crónica sobre Tejera titulada ‘Reina, esclava o mujer’. Narra el escándalo mediático y cómo los problemas mentales de Evangelina, la inestable relación sentimental que vivía, y rumores sobre consumo de drogas, “fueron vistos como elementos agravantes, evidencia del cinismo con que la mala mujer trataba de escapar de la justicia para proseguir una vida dedicada a la perdición y el vicio”.

En el caso de Lindsay Clancy ocurre todo lo contrario. Su salud mental es el argumento para liberarla de la culpa en el juzgado: la psicosis posparto, un trastorno bipolar mal diagnosticado y medicación excesiva, su intento de suicidio tras el crimen.

Clancy solicitó tres veces ser internada en un psiquiátrico. En sus diarios personales es recurrente una frase: “Quiero ayuda, quiero estar bien”.

¿La atrocidad que cometió pudo evitarse? ¿Podemos hablar de justicia para las víctimas si es exonerada? ¿Hasta qué grado Lindsay estaba consciente de sus actos? No es posible responder a estas preguntas sin polarizar las opiniones, sin caer en posturas radicales y viscerales.

Los inocentes

El pasado jueves cientos de mujeres se manifestaron frente al tribunal de Plymouth. Vestidas de rosa, exhibieron mensajes como “Ella necesitaba ayuda” y “Paz para Lindsay”.

Aunque han aclarado que su movimiento busca visibilizar las fallas del sistema de salud ante las crisis asociadas a la maternidad, resulta incómodo como espectadores, resulta imposible olvidar sus acciones.

De acuerdo con el sitio ‘Justia’, que comparte información legal, en Estados Unidos solo un 0.25% de procesos (uno de cada 400 casos), culmina con un veredicto de ‘no culpable por razones de demencia’. Sin embargo, al ver los números en tribunales estatales y federales, la cifra se traduce a 30 personas al año.

En redes sociales parte del debate se ha centrado en qué tan válido es el argumento de la demencia, no solo para el caso Clancy.

En palabras de @LaOximoron, guionista y escritora: “La salud mental no debería convertirse en un comodín para atenuar responsabilidades: si es prácticamente imposible determinar qué tanto una persona sabía o comprendía lo que hacía, ¿con qué certeza se decide que merece una pena menor? Al final, se corre el riesgo de convertir la explicación de un acto en la justificación de lo injustificable”.

Internautas comparan la historia de Lindsay con la de Constance Fisher. En 1954, a sus 25 años, Fisher ahogó a sus tres hijos en la bañera e intentó suicidarse. Tras ser internada en un psiquiátrico y declarada ‘curada’, rehízo su vida al lado de su esposo. Entre 1960 y 1965 tuvieron otros tres hijos… que también fueron asesinados por Constance, quien otra vez intentó matarse. Nuevamente, fue declarada no culpable y recluida en un psiquiátrico.

Dos realidades coexisten: la falta de atención a los trastornos mentales (en específico, los vinculados a la maternidad), y la imposibilidad de probar que alguien se encontraba fuera de sus cabales al cometer un crimen.

Nueve mujeres y tres hombres conforman el jurado que decidirá el destino de Lindsay Clancy. Nueve mujeres que podrían adoptar dos posturas: empatizar con una madre llevada al límite, o considerar inconcebible dañar bajo cualquier circunstancia a sus hijos. Serán ellas las que definan la resolución del juicio, desde la polarización.

El rol del padre de los menores, Patrick Clancy, dispara otras tantas reflexiones. El rol de los creadores de contenido que monetizan con esta historia dispara muchísimas más. Mientras tanto, es importante recordar a Cora, Dawson y Callan, los únicos sin voz, los únicos inocentes, los únicos que, sin objeción alguna, es válido defender.

LO SUPERFLUO: Una nueva historia de ‘true crime’ obsesiona a las audiencias.

LO PROFUNDO: El caso Clancy puso sobre la mesa reflexiones dignas de tomar en cuenta.