
Desde la banqueta, el recibimiento te mete de lleno a la tradición. Hay una vendimia de flores que va del amarillo encendido del cempasúchil a ramos de girasoles que los comerciantes arman a las carreras para no dejar esperando a la gente, y eso sí, bien bonitos y listos para la ocasión. Todo se mezcla con los puestos de comida: jícamas con chile en polvo, papas fritas en bolsa, tamales calientes, un pozolito recién servido y el refresco de cola bien frío para aguantar la caminata. Ahí mismo, entre coronas y marchantes, resuena la marimba de metal de don Basilio, un tapatío que Guanajuato adoptó hace años y que aprendió el oficio de su padre con solo observarlo: “Yo lo miraba”, dice orgulloso de las notas de fierro que le dan la bienvenida a propios y extraños.

Para entrar hay que pasar por ese enorme portón de metal negro que lleva grabada la fecha “Mzo 1861”, recordando el 13 de marzo de 1861 en que se inauguró este camposanto. Arriba, en una fachada coronada por calaveras de cantera, se lee en una placa el nombre de “Panteón Municipal”, con una cruz de piedra vigilando desde lo más alto.
Al cruzar ese portón, el ambiente cambia de golpe. En los pasillos de tierra y cantera, las lágrimas del último adiós se escurren despacio en la mejilla de la gente. Hijos que perdieron a sus padres, padres que perdieron a sus hijos, o quienes vieron partir a los suyos en momentos difíciles o simplemente por el paso de los años; ausencias que duelen igual sin importar el tiempo que lleven en la memoria.

“Cómo quisiera, ay, que tú vivieras”, la canción de Juan Gabriel, es la que más se escucha entre las tumbas, pegadita a los versos de Caminos de Guanajuato de José Alfredo Jiménez. Esa música le da cobijo a familias enteras que se instalan frente a las sepulturas: unos buscando la sombra de algún árbol y otros abriendo una sombrilla para esquivar los rayos del sol que pegan de lleno a mediodía.
En los andadores, la imagen más auténtica de Santa Paula son las escaleras de madera o fierro recargadas en los muros altos de las gavetas. Los familiares suben peldaño a peldaño con cubetas de agua y trapos para tallar el nicho, quitar el polvo y dejar una ofrenda fresca. Abajo, hay quienes se quedan parados platicando con sus difuntos, contándoles cómo va la vida, con un llanto que resulta imposible de disimular.

Entre las filas de tumbas se asoman también turistas que caminan asombrados, cautivados por los colores y el aroma penetrante de las flores, descubriendo en silencio esa manera tan nuestra de convivir con la muerte sin miedo, comiendo un antojito mientras se recuerda a los que ya se fueron.
A lo lejos, entre las oraciones y el murmullo de la gente, no falta la campanita del vendedor de raspados del pingüino abriéndose paso con su carrito. Y casi al mismo tiempo, en un susurro respetuoso frente a una cruz, se alcanza a escuchar el rezo que cierra la visita: “Guárdanos de todo mal, amén… Señor, dale el descanso eterno”.
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