Salamanca, Gto.- A cuatro años del ataque armado registrado en la comunidad de Barrón, que dejó sin vida a cinco estudiantes de bachillerato y una adulta mayor, el miedo persiste. Nada volvió a ser igual. Las rutinas cambiaron, los padres protegen más a sus hijos, algunas familias de las víctimas solicitaron asilo en Estados Unidos y abandonaron el país, mientras que el dolor por la pérdida de sus seres queridos continúa presente. Lo más doloroso para muchos habitantes es que, hasta hoy, no ha habido justicia.
La tarde del lunes 6 de junio de 2022, doña Juanita, de 65 años de edad, salió de su casa para acudir al templo de la comunidad y participar en la Hora Santa. Caminó apresurada, pero apenas se había alejado unos metros de su vivienda cuando comenzaron las detonaciones. Intentó regresar, pero las balas le arrebataron la vida. Su cuerpo quedó tendido a escasos metros de la puerta de su hogar.
Eran poco después de las seis de la tarde cuando Estefanía, Pamela Rubí, Eleuterio y Guadalupe, todos de 17 años de edad, así como José Guadalupe, de 18, se encontraban en la esquina de las calles Juárez e Hidalgo, un punto habitual de reunión para comprar raspados o alguna golosina. En ese momento, varias camionetas con hombres armados llegaron por la calle Hidalgo y, sin dar oportunidad de escapar, abrieron fuego contra los jóvenes, quienes murieron en el lugar.

Familiares y vecinos acudieron desesperados tras escuchar los disparos. Algunos tuvieron la fortuna de abrazar a sus hijos, que también estaban en el lugar y resultaron ilesos; otros encontraron a los suyos tendidos sobre la calle.
Los funerales estuvieron marcados por el dolor y el temor. La tragedia enlutó a toda la comunidad, donde la mayoría de las víctimas tenían lazos familiares entre sí. Durante los velorios existía el miedo de que los agresores regresaran y repitieran los ataques. Aun así, los habitantes pudieron despedir a sus seres queridos entre la tristeza y la incertidumbre.

Sin avances en el caso, comunidad de Salamanca sigue esperando la justicia
Desde entonces, los deudos exigieron justicia y la captura de los responsables. Sin embargo, a cuatro años de distancia, ninguna autoridad ha informado públicamente sobre avances significativos en las investigaciones o la detención de personas relacionadas con el caso.
Tras la tragedia, el Gobierno Municipal, a través del DIF, implementó programas de apoyo para las familias afectadas. Los estudiantes de los planteles de la comunidad concluyeron el ciclo escolar desde sus hogares y no regresaron a las aulas hasta el siguiente periodo escolar. Incluso la ceremonia de fin de cursos fue cancelada.
La señora Asunción recuerda con cariño a su sobrino Eleuterio, una de las víctimas mortales. Asegura que el miedo sigue presente en Barrón.
“No se diga cuando llega alguna camioneta que no es de aquí. Todos se meten rápido a sus casas. Los niños ya saben lo que pasó porque muchos lo vieron. Antes jugaban libres en la calle, los mandábamos solos a la tienda; ahora ya no salen igual. Si van a la escuela, los llevamos y los traemos”, relató.

La comunidad también quedó marcada ante los ojos de quienes viven fuera. Familiares que radican en Estados Unidos dejaron de visitar Barrón por temor, mientras que familiares de comunidades vecinas como Mari Gómez, La Ordeña y Los Hernández redujeron sus visitas y van antes de que caiga la noche.
“Solo dijeron que iban a investigar y ahí quedó todo”, lamentó doña Asunción, quien insiste en que no ha habido justicia.
Dijo que las mujeres que trabajan en casas de la cabecera municipal también modificaron sus horarios. Muchas ya solo trabajan medio día para evitar llegar por la noche a la comunidad.
“El miedo a no volver sigue ahí. Son muy pocos los muchachos que se juntan en algún lado; la mayoría está en sus casas. La paz no ha regresado. Quedamos intranquilos y ahora solo pedimos a Dios que nos dé tranquilidad”, expresó.

Asunción también recordó cómo la tragedia afectó a todos, “hay personas que ya no volvieron a ser las mismas. El papá de Estefanía padecía diabetes y después de lo ocurrido se agravó mucho. El esposo de doña Juanita también quedó muy afectado y después falleció. Otras personas se refugiaron más en la iglesia”, contó.
Don Santiago, vecino de la comunidad, lamentó que cuatro años después la tristeza continúe presente.
“Todos eran buenos muchachos, buena gente. Lo que pasó estuvo muy mal y enlutó a toda la comunidad”, expresó.
Hoy, en la esquina donde quedaron los cuerpos de las víctimas, pequeños nichos y cruces con sus nombres recuerdan a quienes perdieron la vida aquella tarde. Una lona con las fotografías de los cinco estudiantes permanece como testimonio de una herida que no ha cerrado, mientras los habitantes intentan recuperar una cotidianidad que nunca volvió a ser la misma.
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